“Descubrir Los Diarios” por Edgar Khonde

Descubrir los diarios por Edgar Khonde

 

Admiración Aina era una mujer catalana que conocí en el centro de Coyoacán, después de una o dos semanas me percaté que recolectaba etiquetas de cerveza y hojas recogidas del piso que luego pegaba en un cuaderno. Junto a la página del cuaderno donde pegaba con pegamento líquido hojas y etiquetas registraba en medio párrafo alguna anécdota que acompañara al souvenir. He viajado poco, me refiero a que he viajado en la brevedad, no como Aina que llevaba un año fuera de Barcelona. Durante ese año Aina había recorrido parte de Sudamérica y México. Su cuaderno le servía para capturar detalles del viaje, no traía una cámara fotográfica encima ignoro porqué y no pregunté. En cambio su cuaderno hacia las veces de diario o bitácora de viaje; no en ese sentido estricto porque a veces anotaba palabras que le llamaban la atención, o escribía una reflexión así como versos y cuentos mínimos, o su estado de ánimo o la impresión que le había causado un suceso. Sus anotaciones poco describían su recorrido sino a través de sus emociones. Su bitácora de viaje era un sortilegio inasible y casi inmaterial.

 Compartí piso con Cris, una fotógrafa semiprofesional extrovertida y que gustaba de asistir a hacer sus ejercicios fotográficos a barrancas, cementerios de chatarra y colonias marginales ataviada por una diminuta falda y una cámara fotográfica más grande que su rostro. Ignoro todo lo que hay que ignorar de equipo fotográfico, así que cuando ella me explicaba emocionada del tema, yo asentía y sonreía creyendo librarme de cualquier polémica con mi simulación. Cris tenía un cuaderno forrado de negro sobre su cómoda que nunca se me había ocurrido cuestionar, es decir, para mí pasaba inadvertido. Alguna vez al entrar a su cuarto y tenderme en la cama junto a ella para platicar de cualquier cosa, lo tomé estirando mis manos mientras la escuchaba. Lo hojeé sin percatarme de su contenido. Cris no protestó la maniobra, me advirtió, ¿quieres leer lo que he escrito de ti? Coloqué el cuaderno en la cama, entre nosotros. Me incorporé levemente, y dije que sí. Me señaló el cuaderno negro. Lo tomé y se lo di, buscó una página y me lo regresó. Leí. Después leí otra página al azar. ¿Esto es un diario?, pregunté, me dijo que sí. Cris no anotaba en su diario su transcurrir dentro de los días y el tiempo, anotaba la gente que iba conociendo. Anotaba sus impresiones de la gente que se encontraba en su vida.

 Hernández Estrada señalaba con una raya hecha con un punzón, una navaja o las puntas de unas tijeras sobre una tabla que había recogido en la calle cada día que pasaba. Cuando juntaba cuatro rayas la quinta la marcaba con una diagonal. Era su manera de contar los días, me imaginé; la vida era su prisión. Cuando me animé a preguntar me lo aclaró, era su diario. Su respuesta estaba formulada supongo que a modo de acertijo o de enigma, o era demasiado literal: estaba contando su vida.

 El más convencional acaso fue, es, Francisco Cienfuegos. Recurrentemente nos encontrábamos en la puerta de la oficina de correos. Él entraba o salía, yo pasaba por la acera apresurado. Supuse que iba al correo a recoger algún envío, me imaginé que trabajaba en alguna oficina que gestionaba algún asunto relacionado con los migrantes, no sé por qué pensé eso. Yo lo saludaba porque lo había conocido en el museo durante una muestra de la obra de Mathias Goeritz. Le pregunté un viernes que hacía ahí, en la oficina postal y me contestó que había ido a llevar una carta. Al día siguiente por la mañana lo encontré en el mesón desayunando, me senté en su mesa. Francisco escribía tres veces por semana una carta contándole su vida a una mujer llamada Alicia. No indagué quién era Alicia, porque lo que a mí me sedujo fue el hecho de entender en el acto que Francisco llevaba un diario epistolar. Se lo hice notar, él se sorprendió porque no se le había ocurrido pensar en ello.

 De seis meses a la fecha, llevo un registro de mis sueños. Tengo una libreta de papel piedra, un papel hecho a base de minerales y que es impermeable. Mi diario es una bitácora de sueños. Por supuesto la mayoría de las veces no recuerdo mis sueños y ni siquiera estoy seguro que una persona sueñe todos los días. Pero cuando despierto y recuerdo el sueño, lo anoto. No para buscar interpretar el acto onírico, sino para ejercer una literatura de los sueños, como recurso o como género, porque a algunos de esos sueños los he convertido en cuentos, en reseñas, en fragmentos de novelas, o en opiniones sobre lo cotidiano.

 Hay un diario todavía más sorprendente y anómalo que las formas que he exhibido aquí, ese diario es la memoria. Un recuerdo es un fragmento de un texto de la historia individual y colectiva del sujeto. La memoria es ese diario que como fisgón abrimos para echarle una ojeada. Como en cualquier diario, no anotamos todo. Y como cada uno de los diarios que he descubierto, registrados bajo diversos criterios y formas, nuestras memorias-diario son anómalos para el otro y al mismo tiempo pertenecen al mundo de la literatura fantástica.

Edgar khonde

@edgarkhonde

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