“Momento Justo” por Sir Lav Radosan

Una habitación blanca y cálida. Las ventanas cubiertas de cortinas semitransparentes, que dejaban ver con la luz de la luna una amplia terraza. Cama de sábanas blancas con rojo, de satín y seda. Las velas que iluminaban el lugar daban un calor muy especial. Poco a poco se hacía sentir el aroma a jazmín que desprendían un par de inciensos.

Fotografía de Waclaw Wantuch

Fotografía de Waclaw Wantuch

Primero escuche a lo lejos el taconeo de sus pasos, hasta que llegaron a la chapa de la puerta. Cuando dio los primeros pasos en el lugar, nada dejaba duda que había quedado fascinada. Recorría el lugar con movimientos oculares lentos y en distintas direcciones.

En ese momento dejo caer su bolso al piso. Se quitó las zapatillas con dos movimientos. Lentamente se desabrocho los botones de la blusa. Se soltó su larga cabellera que cubrieron sus pechos ya desnudos. La falda se deslizo sobre sus caderas y piernas, perfectamente torneadas; que dejo ver su ropa interior enmarcada en un liguero negro.

Al fondo escuche el descorche de una botella, que dejaba caer parte de su contenido al piso. Las burbujas en las copas estuvieron presentes al inicio de los besos. Dos cuerpos desnudos se acariciaban y fusionaban. Por momentos con delicadeza otros con pasión desenfrenada. Las caricias con los labios recorrieron todos los rincones de su cuerpo. Hadeos y gemidos se impregnaban con gran fuerza en las paredes del lugar. Olas que vienen y van. Sudores en el cuerpo que se secan al rozar las sabanas.

Dos cuerpos sentados y entrelazados el uno frente del otro. La música no dejaba escuchar los susurros de amor que seguramente se decían. De repente una salto encima de la otra y empezaron a tener lo que le podría llamar sexo duro. Parecía que no se querían soltar las manos y que ganaría quien estuviera encima por más tiempo. Una logro zafarse y con un rápido movimiento tomo una lámpara del buró. Con un golpe certero le abrió el cráneo, que dejo ver inmediatamente su masa encefálica. El cuerpo perdió toda rigidez. Ella siguió golpeando, después del golpe treinta, deje de contarlos.

Ya no se escuchaba la música y el ambiente olía a sangre. El cuerpo como un títere termino a tres metros de la cama. La espesa sangre se adueñó de la habitación, hasta goteaba del techo.

Nunca había visto una mujer vestirse tan rápido. Tomo todas sus cosas y se marchó. Sello su salida con un fuerte portazo. Su caminar fue tranquilo y certero. Escuche que cerró la puerta de un vehículo y se marchó. Inmediatamente salí de mi escondite y corrí.

Sir Lav Radosan

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