“Con la escritura se viaja al futuro” por Edgar Khonde

libro y computadoraA partir de este instante invertiré un lapso de tiempo para escribir estos párrafos. -Me siento frente a la computadora, dispongo a sus costados los libros de Tabucchi, Castillo Gómez y Kafka-. El tiempo afuera del ejercicio escritural habrá transcurrido hacia adelante. -Hojeo cada libro para revisar las señalizaciones que les hice, para verificar que no tenga que interrumpir la escritura-. La escritura me habrá transportado al futuro. Ningún acto escritural pretende asirse al presente o al pasado, siempre tiene por objeto el mañana. -Cojo uno de Piglia en donde aborda a Felice como la lectora preferida de Kafka; que aún no sé si utilizaré.- La escritura a diferencia de la lectura que puede sostenerse dentro del ahora y viajar hacia atrás, no puede hacernos volver sobre la historia.

 

Hace unos días, recuerdo que leí una sentencia, he olvidado al autor: «escribir es borrar»; o lo que interpreto como no estar satisfecho nunca de lo logrado. Kafka, de quien Piglia (2005, 44) afirma que liga la escritura a una estricta disciplina asociada con el mundo militar, dejó constancia de su obra a su pesar (todos sabemos que le pidió a Max Brod destruir su obra literaria). Tal vez nunca estuvo satisfecho con los resultados de su cifrar la lengua. Sin embargo, que yo sepa, no dejó instrucciones de qué hacer con las cartas que le escribió a Felice Bauer. Quiero suponer que la obra de Kafka no existe, porque fue destruida de acuerdo a sus deseos, el testimonio que nos queda es su escritura epistolar[1]. Una escritura privada que -la carta- funciona como objeto-memoria, en palabras más menos de Castillo Gómez (2006, 59).

 

mujer leyendo ventanaPienso que una carta no es en sí un pleno texto escritural, ni literario, sino un discurso que se enroca entre oralidad y escritura. Parto de mi experiencia como escritor de cartas. A veces, pocas en realidad, cuando escribo alguna guardo un borrador que suelo utilizar para convertirlo en un texto literario. Llevo una bitácora de sueños, y como Kafka a Felice, recurro a contarle un sueño a través de una carta a una destinataria (yo también tengo una lectora preferida). Si leo la carta en voz alta, regularmente me parece correcta, coherente; imagino luego a mi lectora leyendo la carta en voz alta. En una lectura silenciosa, encuentro ausencia de preposiciones, redundancias, ausencia de nombres o presuposiciones que sé que esa lectora comprende, pero que ningún otro lector va a poder descifrar.

 

Tabucchi (2010, 239) tiene una novela epistolar, en ella, en uno de los capítulos dice: «Quisiera realmente escribirte una carta, un día de éstos, una carta total, una carta verdadera y total, lo pienso y pienso cómo sería si te la escribiera: estaría escrita con palabras normales y corrientes, ya desgastadas por las muchas personas que las han dicho (…)».  A través del capítulo Tabucchi le describe a su destinataria cómo tendría que ser escrita la misiva. Cuando un lector lo lee, entiende que de hecho está leyendo la carta, no una pre-carta. Tabucchi, prepara a su lectora para recibir el ejercicio de su escritura.

Kafka (2010, 42) también prepara a su lectora: «Anoche soñé contigo por segunda vez. Un cartero traía dos cartas certificadas a mi nombre, dos cartas tuyas (…)». En contexto, en algunas cartas que Kafka le escribe Felice, le cuenta sus sueños. Le comparte esa escritura privada y la hace guardián de su memoria. Decía una amiga que los recuerdos no forman parte del tiempo porque se les saca de ahí; en palabras de Castillo Gómez (2006, 59) las cartas son «(…) herramientas para el recuerdo e instrumentos para la expresión de la identidad privada.»

 

cartaLa oralidad es inasible, la escritura es un recurso para sostener lo oral, y acudir a ello en otro momento. La oralidad se supone refleja más fielmente el pensamiento, el lenguaje funciona como un traductor de un lenguaje interno, deseablemente preciso. Sin embargo, cuando el que escribe lee y relee lo escrito, fácilmente se percata de que lo escrito no concuerda con lo que tiene en la cabeza. Oralmente es difícil percatarse de ello, ya que no se puede acudir al sonido[2].

Tomé un taller de escritura. Uno se puede imaginar que en un taller de escritura puede aprender una de dos cosas: a escribir bajo reglas ortográficas o, a escribir literatura. El taller no estaba dirigido a cumplir ninguna de esas expectativas, lo cual me pareció un acierto a la segunda clase. Las primeras sesiones me ocuparon en el quehacer de escribir relatos autobiográficos. Este ejercicio me remontaba a la escritura de las cartas que he escrito, ¿por qué? Supongo yo que porque escribo para un lector, una lectora. Para mí es una herramienta tener en mi mente el rostro de mi lectora. Sé que mi lectora no es una simple lectora. Sé que esa lectora es una lectora con un bagaje amplio como lectora y que mientras descifra los signos de un texto, anota sobre la escritura sus observaciones y correcciones. Mi lectora, incluso corrige mi oralidad cuando compartimos espacio y tiempo; tal vez mi lectora tiene una neurosis de correctora. Tener presente esto en el taller me hacía preguntarme la intención de mi escritura, no cómo lo escribía ni las palabras que usaba, sino lo que escribía. Pienso que un hablante ensaya lo que le va a decir al otro, a través de la escritura puedo ensayar lo que diré ante mis interlocutores. El taller de escritura, al menos eso se intentó, podía ofrecer la visión de que había opciones de decir -y escribir- una misma idea. Todos los ejercicios que escribí en ese taller, eran parte de una carta, o así lo concebí.

A través de los día a día las ideas que se despertaban me llevaron a preguntarme, que: ¿si existe una ingeniería del lenguaje no es acaso factible que también exista una ingeniería de la escritura? Supongo que sí. Si ustedes ponen en el buscador de Google: ingeniería de la escritura, el buscador no arrojará un sólo resultado que mencione algo relacionado a formas y construcciones de la lengua escrita; al menos en español no, no busqué en inglés. Es posible que, si apelamos a Google como al oráculo que lo sabe todo, nadie se haya planteado el problema. A mí no se me habría ocurrido buscar sino hasta que una compañera del taller me preguntó qué hacía yo inscrito, mi respuesta fue: es que este tema de la ingeniería de la escritura, pues, quiero saber de qué se trata. Mi compañera preguntó: ¿y eso de dónde lo sacaste? Me asombró un poco su cuestionamiento porque para mí era obvio que el Taller de Escritura consistía en plantear la ingeniería de la lengua escrita como posibilidad del éxito de la escritura personal.

 

Es obvio que por las cartas podríamos describir e incluso explicar la ingeniería de la escritura epistolar. Los textos literarios, a través de la teoría literaria, son explicados cercanamente por medio de una ingeniería. La cosa es que son explicados, pero no replicados. Escribir, escribir lo que sea, a fin de cuentas podría resumirse a poder ordenar palabras y pensamientos, ordenar sintagmas que en el discurso tengan la posibilidad de ser interpretados como el hablante-escritor los haya concebido en su mente. Ese taller me hizo pensar que sí, y que era posible aprender y aprehender y luego compartir esa ingeniería de la escritura. Pero hay que borrar y deshacer borradores y volver a escribir. Enseñar también es un poco enseñar a desaprender, comenzando con enseñar que es posible escribir, que cualquiera puede hacerlo. Por ejemplo, si pensamos en las cartas, las probabilidades de que la gente haya escrito alguna vez en su vida, aumentan.

Salgo a andar en bicicleta con un amigo escritor. Una vez le pregunté si existían tutoriales para aprender a andar en bici. Claro que existen pero nadie aprende pensando sino haciéndolo, dijo. Yo pude haber participado más en ese taller, mi presencia fue pasiva. Pero a manera de disculpa, puedo argumentar que quería ver cómo se desarrollaban los hechos. Qué sí y qué no era prudente, qué sí y qué no era relevante. Tal vez pensar en lo que se va a escribir sea un paso de la metodología, pero posterior al hecho de escribir lo que se piensa, como andar en bicicleta. ¿Cómo escribir si no sabes? Una forma podría ser que quien practica la escritura no se dé cuenta que está escribiendo.

 

carta-escritaCuando se escribe una carta, el que la escribe no sabe que está escribiendo sino qué está escribiendo, o no lo concibe de esa manera. Además, escribir una carta es un ejercicio cotidiano; no en uso y deshuso, sino posible. Tabucchi, Kafka, Gilberto Owen, John Keats, todos ellos escritores, todos también escritores de cartas comentaban su literatura a través de las misivas. Dejaban percibir a su lector el proceso ingenieril de sus propios textos. En su cartas, había visos de la obra negra de cada construcción verbal incrustada en el discurso. Además su tiempo, bien visto, era vuelto lenguaje escrito.

 

Hace unos días envié una carta en donde le explicaba a la destinataria que no solo iba a viajar hacia el futuro sino que iba a transformar el tiempo en palabras. Me volví mago y viajero cronomatográfico al mismo tiempo que me ejercité como escritor, y que hice uso de la ingeniería de la escritura de la carta. Podría decir que me volví un hombre complejo.

 

Termino de escribir esto, han pasado varias horas, aparentemente yo no me he movido. Y salvo los libros que he hojeado nada en este cuarto se ha movido. Cuando leía alguna línea de este texto regresaba al pasado, o me podía trasladar al futuro; cuando soltaba la lectura otra vez estaba en el presente. Escribir necesariamente me trajo al futuro, no había de otra, tampoco esperaba que el reloj corriera hacia atrás. Mientras otro hombre tal vez permaneció estático en su espacio y vivió de manera pasiva su presente (y de hecho continúa así), yo viajé al futuro, escribiendo.

 

La escritura, la práctica de ella, hace que uno advierta un mapa de lo que se tiene en la cabeza. Una escritura clara, con la práctica, supongo que le muestra al sujeto un posible orden de sus pensamientos (y se convierte en una ventana hacia sus yoes anteriores). Ahora bien, ignoro el resultado de que todos los sujetos tuvieran claros sus pensamientos. Tal vez individualmente sería horroroso: mirar el mundo con claridad, deslumbrados, honestos; quizás algo dentro de nosotros como sociedad, evolucionaría rápidamente, y sería igual de horroroso.

 

Más allá de escribir una carta, de viajar al futuro, de poder ver las trabes, cimientos, castillos y tabiques de la escritura, escribir para el otro es otra forma de abrazarlo.

Edgar Khonde

 

Twitter: @edgarkhonde

Bibliografía

 Castillo A. (2006). Entre la pluma y la pared. Una historia social de la escritura en los siglos de oro. Madrid: Ediciones Akal.

Kafka F. (2010). Sueños. Madrid: Errata naturae editores.

Piglia R. (2005). El último lector. Barcelona: Anagrama.

Tabucchi A. (2010) Se está haciendo cada vez más tarde (2ª ed.). Barcelona: Anagrama.

[1]   En esta especulación tampoco cabrían los pocos relatos que publicó en vida.

[2]          Si descartáramos los soportes tecnológicos, como las grabaciones.

 

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