La escritura del verbo por Edgar Khonde

Texto mínimo

Hilvana-Huarache2012-05 Decía el otro día, el miércoles en Casa Hilvana, que los textos y la escritura de estos se organizan alrededor de un verbo. El sintagma verbal como núcleo y síntesis del relato. Con un verbo es posible conformar una oración, que el escritor presenta como un verso: «Popeye Silva golpea al diablo Ventura».

 Popeye Silva golpea al diablo Ventura

Lo golpea

Al Diablo y al diablo

Popeye Silva silva.

Una sola oración, reordenada, o con variaciones, decía en Hilvana, puede darle a un poeta para escribir un poema de varias estrofas; un libro entero. Pero también, se puede tomar la línea, la oración, como una anécdota y convertirla en un relato. Un relato constituido, como el verso, alrededor de un verbo: golpear; alguien golpea a alguien; A golpea a B.

 «Popeye Silva golpea al Diablo Ventura en el plexo y lo derriba, en la Arena Galaxia. El Diablo escucha, o sueña, la cuenta completa en la lona, no tiene fuerzas para levantarse. Acepta la derrota cuando el réferi apenas lleva cinco segundos. Cierra los ojos y deja que su corazón se pare».

Hoja en blanco Y si en el tratamiento del tema, de la anécdota, incluimos la psicología de los personajes, sus pensamientos, miedos, obsesiones, deseos, podremos construir un relato más extenso, pero sobre todo, podremos escribir una novela.

 «Popeye Silva se acordaba de cuando vio por primer vez una pelea, el Gigante Salas contra José Oliveira, se había metido de contrabando a la arena, pensando de verdad que el Gigante era un gigante, como en la película de Gulliver. Tenía seis años, Popeye, pero ya había presenciado peleas entre hombres, cuchillos de por medio. Ignoraba que había encordados, réferis, guantes; ignoraba que dos hombres en pantaloncillos podían pelearse en lapsos de tres minutos, y que a esa dinámica se le conocía como el arte del pugilismo. Regresó, Silva, de sus pensamientos. Miró a la otra esquina. El Diablo llevaba apenas tres peleas de profesional, era tan joven como Popeye, era su carta vez en el ring, y también la cuarta vez que lo asolaba el miedo.»

 Según yo, es mucho más fácil pensar en el ejercicio de la escritura como una estructuración de bloques, como bloques de cemento de un muro. Bloques ordenados alrededor de una jerarquía, en la que el sintagma verbal, el verbo, goza de más importancia que todos los demás argumentos y define el significado de la oración: Dar, alguien le da algo a alguien, [Pedro] [le da] [un beso] [a María]. Pero bueno, de eso hablaré en una serie de columnas-conversaciones en Yaconic (http://www.yaconic.com/), durante los siguientes meses. En una cosa que me imagino se podría llamar «Ingeniería de la escritura», que ha sido concebida para presentar un modelo de comprensión de la disciplina no ya desde una facultad inherente al escritor, o al posible escritor, sino como una actividad que puede ser aprendida, como manejar el móvil, el ordenador, un automóvil. Creo pertinente advertir que la escritura no implica la literatura, tampoco pretendo que «Ingeniería de la escritura» sea un taller literario sino, uno escritural.

 Y a propósito del Diablo y Popeye, escribí esto para La gualdra (bajo el modelo de la ingeniería), de La Jornada Zacatecas, se llama Arena Galaxia.

boxeo-5 Popeye Silva había llegado ese día a la arena en un taxi, y al bajarse había olvidado el periódico, un dato intrascendente. Entró al local por la puerta trasera, como lo había hecho en anteriores ocasiones. En el interior las butacas estaban todavía vacías y el piso medianamente barrido, recordó la primer vez que había peleado en la Arena Galaxia. Tenía apenas 16, debutó contra el Diablo Ventura, que le sacaba cinco kilos. Estaba nervioso y la verdad es que tenía miedo. Le habían dado unos guantes tan viejos que hubiera sido mejor pelear a puño limpio. Las botas no eran suyas, se las había prestado Castro, al que todavía no apodaban La Bufa. El Diablo lo tiró en el tercero a fuerza de un golpe en la mandíbula del que quién sabe cómo, Popeye, se repuso y alcanzó a levantarse antes de que acabara la cuenta. El Diablo se abalanzó como metralla en el séptimo, quería acabar con el novel; habían pactado la pelea a diez rounds, raro para un debutante. En el octavo repitió la dosis y seguramente hubiera insistido en el noveno sino es porque faltando veinte segundos para finalizar el episodio número ocho, Popeye lo sacudió por el plexo. Le dio un golpe tan fuerte que pareció patada. Entró limpio, con fuerza. Nadie en la arena recordaba haber visto puñetazo de Popeye; posiblemente, dijo en la crónica un reportero de deportes que cubría la pelea estelar esa noche entre el Gigante Bermúdez y José Juan Oliveira, fue el único golpe del novato durante la contienda. El Diablo no se paró cuando el réferi sólo llegó al cinco y decretó la derrota.

 No había cambiado mucho la Galaxia desde aquella vez, sólo se veía más vieja, más rancia. Oficialmente, se lo prometió a su mujer, era su última pelea, tenía cuarenta años y a veces sus manos temblaban incontrolables, el médico de la comisión le había dicho que no podía seguir, tenía un mal nervioso en el cerebro. Le gustaba la idea de que el último round lo peleará contra la Bufa Castro, su viejo amigo. En eso estaba pensando cuando se buscó el periódico, se percató de que lo había dejado en el taxi, le había llamado la atención una noticia, de la que alcanzó a leer el encabezado. Se iba a quedar con las ganas, si tal vez hubiera leído la nota no se habría subido a pelear esa noche.

 Edgar Khonde

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Girar alrededor de los libros por Edgar Khonde

Puerta-pasilloTe ha pasado que metes la llave a la chapa de la puerta de tu departamento, pero la llave no cede sino hasta la mitad de la cerradura. Luego de minutos te das por vencido. Entonces miras el número. No es tu número, tampoco es el quinto piso: estás en el tercero. Abre tu vecina, la hipotética vecina. No te suena familiar, y para ella eres el más desconocido de los desconocidos. Tú vistes pijama y por eso te cree cuando le dices que de ninguna manera eres un ladrón, los ladrones no van de pijama, y que solo te equivocaste de departamento y de piso. Un rayo le cruza la memoria y recuerda algo: te saludó hace dos semanas, cuando a medianoche salió a pasear a su perro, pero, tú entraste al edificio de junto. Tú lo recuerdas, claro, odiaste a su perro desde la primera, y única, vez que lo viste. Lo odiaste porque te recordaba al perro de una ex novia, mejor dicho, lo odiaste porque ella te recordó a una ex novia cuando te la encontraste de frente e imaginaste que la habrías besado de ser ella, tu ex novia. Le dices que, claro, que lo recuerdas, que te cayó bien su perro. Sonríes. Entonces ella te pregunta que si estás bien. Tú respondes que por qué pregunta eso. Y ella aguantándose la risa, no tiene más que decir que te equivocaste de departamento, de piso y de edificio. Tú no dejas la sonrisa idiota. Claro, a esas alturas piensas que también te equivocaste de vida.

 Pero la historia era otra.

Libros y libros Hace un par de meses, Sebastián, me encargó tres cajas de libros, ante su inminente mudanza. Desde ese tiempo para acá, he leído fragmentos de ellos, no he llegado al final de ninguno. Sebastián, está de más decirlo, es un bibliófilo con tintes de alcohólico. Consume libros como si se tratara de acabar con la cantina más grande de la Escandón. Hace un par de días, Sebastián, mandó a una amiga suya, para recoger las cajas. Cuando le ayudé a bajarlas, sentí como si me arrancaran pedazos de memoria. Me había encariñado con ellos. Yo no gozo de una eterna biblioteca, regularmente de vez en vez la renuevo, y regalo los libros que he leído, pero obviamente no podía hacer lo mismo con los libros de Sebastián; además, como lo dije antes, no había llegado al final de ninguno. La técnica que había implementado fue la siguiente: abría una caja sin mirar su interior, y al azar cogía uno. Leía tres, diez páginas también al azar y lo cambiaba de caja. A veces tenía la fortuna de encontrarme con un libro anterior, pero dada la lotería, no continuaba su lectura en la página donde me había quedado. De alguna forma estaba construyendo una novela. Una novela a la usanza de la escritura automática. Tal vez ustedes lo sepan mejor que yo, cuando dejas una lectura inconclusa, tu vida se retaza en incompletudes. Como un vestido que esta cosido con pedazos de distintas telas y colores, y que puede resultar gracioso, pero siempre siempre, será un hecho fallido. Porque la lectura, la literatura, se parece a eso: un revestimiento de la memoria.

libro-magico Yo no sé qué va a pasar ahora conmigo, que me he quedado suelto como hoja suelta en la enciclopedia de los lectores que no acabaron la novela. Soy una especie de Bartleby. Un drogadicto al que se le ha acabado la coca y no tiene manera de conseguir más. Puedo ir a una biblioteca, a una librería, comprar libros, pedir prestados, hasta poder reunir un contexto similar: cajas de libros para formar historias. Aunque hay algo que quizás no les debí de haber dicho al inicio de este texto. A lo mejor se lo imaginan. La cosa con los libros de Sebastián, el motivo de la seducción, es que esos más de trescientos libros eran robados. No todos al mismo tiempo, sino uno por uno. Les dije que Sebastián es un bibliófilo alcohólico. Un sibarita de la literatura. Como otros son sibaritas de la cocina, entre los que me cuento yo. Bueno, pues, esa es la cosa. El atractivo era que mi casa se había convertido de repente en la cueva de Alí Babá, y yo, y solo yo, tenía acceso a todos los tesoros del ladrón.

 Y a lo mejor por eso me he equivocado esta noche de departamento, de piso y de edificio. Porque ya no siento que mi casa sea mi casa.

 Edgar Khonde

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Se tiene que entender que esto es una convocatoria: No cooperar por Edgar Khonde

poderososUn día todos los custodios de transportes de valores, roban todo el dinero que transportan. El mismo día todos los empleados bancarios, se llevan el dinero de los bancos. En el metro, las taquilleras regalan los boletos del metro. Los choferes de los trolebuses clausuran las alcancías y dejan que los pasajeros suban sin pagar un solo peso. Los empleados y guardias de supermercados, juegan golf dentro de sus instalaciones, mientras se aseguran que ningún cliente abuse. Todo es gratis, pero de forma aleatoria, cada uno se llevará entre 1 y 2 artículos de lujo; la canasta básica no se discute, esos productos incluso han sido empaquetados en despensas. Los empleados de servicios residenciales, luz, agua, teléfono, cierran ventanillas y se ponen a registrar todos los recibos como pagados. Los empleados de cadenas de comida rápida cierran las sucursales: hoy no hay servicio, mañana tampoco, pasado mañana menos. La librerías grandes, ofrecen los libros en trueque por otros libros. La policía cerca la bolsa de valores: Nadie entra ni sale de ahí. Los empleados de la compañía de luz cortan el suministro de las cámaras de diputados y senadores, de la residencia del presidente, de las casas de los altos burócratas. Las escuelas particulares no admiten a los hijos de los altos burócratas. El ejército se acuartela. Grupos de gente entran a Televisa, a TV Azteca -no hay guardias, todos han sido enviados a cercar además el aeropuerto y las carreteras, y los guardias privados han renunciado-, para dar entrevistas y explicar qué está pasando: se llama desobediencia, no cooperación. Las autopistas no cobran peaje. En las aduanas hay vía libre, toda la gente que quiera entrar al país puede hacerlo. Ninguna mercancía paga impuesto. Las gasolineras llenan los depósitos de los automóviles gratis. Los guaruras de los funcionarios, se van de paseo. No hay honores a ninguna bandera, la radio no transmite el himno nacional. En las escuelas todos los estudiantes aprueban, y se extiende el horario de labores estudiantiles y académicas. Hay huelgas de futbolistas, hay huelgas de periodistas, los obreros recuperan las fábricas, las oficinas de empresas privadas cierran porque los oficinistas se van hacia el campo. No cooperar, se llama desobediencia. Y entonces, ellos, los ‘poderosos’, se darían cuenta -y nosotros nos daríamos cuenta- que no son nada. Por eso nos tienen tanto miedo. Pero falta organizarnos. Un día nadie debería hacer nada. Un día que nadie salga de su casa.

Edgar Khonde

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Literatura que traspasa todo tipo de fronteras

 

300 libros fueron regalados en México para niños invidentes y de recursos limitados.

 

Fortunato y la Ballena azulEl arte no conoce de límites y esto se comprueba palpablemente en el proyecto realizado entre la pintora pampeana Mariela Gonzáles y la escritora Liza Di Georgina, quienes en este 2014 editaron el libro “Fortunato y la Ballena azul”, el cual fue leído a cientos de niños de Argentina a lo largo de 10 presentaciones organizadas por la escritora Adriana Lis Maggio en un recorrido que fue desde Buenos Aires, La Plata, Anguil,Toay, Lonquimay, Relmo y Santa Rosa.

Este libro que nació gracias a la amistad entre ambas artistas, quienes fueron presentadas por Maggio en el 2012, rompió la barrera de las distancias, pero también la barrera de las discapacidades, pues este mes de diciembre fue editado en el sistema Braille en Ciudad Juárez, Chihuahua, una iniciativa nunca antes llevada a cabo en la región norte del país.

“Me siento muy honrada de formar parte de este noble proyecto, es para mí un sueño que mis letras lleguen de verdad a todos, incluyendo a los pequeñitos con discapacidad visual y niños de recursos limitados, todo esto gracias al apoyo de muchas personas, instituciones y la iniciativa privada que se sumaron para brindar a los niños la posibilidad de volar a través de su imaginación con estas historias”, comenta la autora.

El proyecto fue llevado a cabo gracias a la Subsecretaría de Desarrollo Social de Gobierno de Estado en colaboración con la Dirección de Grupos Vulnerables y Prevención a la Discriminación a cargo de la Lic San Juana González.

Los ejemplares en Braille fueron elaborados de manera gratuita por la Universidad Tecnológica de Ciudad Juárez, dentro de la Universidad Incluyente a cargo de la Lic Aurea de la O, con el apoyo del Rector de esta institución.

A finales del mes de diciembre se llevó a cabo una Fiesta Navideña en el salón de eventos Cridland de Ciudad Juárez en donde se realizó la entrega de 100 libros infantiles en Braille para niños con discapacidad visual y 200 libros más en formato convencional, tanto del libro “Fortunato y la Ballena azul”, como la novela infantil “La Pintora de Sueños”.

La pintora de sueñosEl libro de “La Pintora de Sueños” es una novela que aborda el tema del bullying y motiva a los niños para empoderarse a fin de seguir sus sueños. Mientras que “Fortunato y la Ballena azul” es un libro inspirador que invita a los pequeños a crear mundos a partir de su imaginación y luchar por eso que ellos desean.

Empresas como VORA Magazine, Fábricas de Francia, Starbucks, Ukyrent, Candy Land, Red Carpet, Galería del Sabor, holaciudad y LibrosBooks apoyaron para la realización del evento a fin de dar una grata tarde de diversión a los menores y promover de manera solidaria a las actividades culturales de la ciudad.

Además de la entrega de los libros, los pequeños disfrutaron de un concierto a cargo del saxofonista Fortunato Pérez, el violinista Fabián Rodríguez, así como entretenimiento con payasito, pinta caritas, entrega de dulces y más.

Liza di giorginaLiza Di Georgina es una escritora que inició su carrera en el mundo de las letras con la publicación de su primer libro a los 18 años. Cuenta con más de una veintena de títulos publicados y varios premios literarios internacionales, fue nombrada Escritora del Año en el 2013 y Juarense Distinguida en el 2014 por parte de la legislatura del estado de Chihuahua, además de decretarla Huésped de Honor, junto a Adriana Lis Maggio en Relmo, Argentina. Su obra ha sido traducida al inglés, francés y holandés.

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Salvar 4 Libros del Desastre por Edgar Khonde

persona con libro quemadoEn uno de sus relatos el escritor habla de salvar cuatro libros de un incendio. El escritor es de nacionalidad argentina, pero escribe como español, porque desde adolescente ha vivido cerca de Madrid. No sabemos qué llevó a su familia a mudarse de país. En el relato, no dice qué tipo de siniestro es -un incendio no da mucha más información que el fuego consumiéndolo todo- ni el lugar, pero el lector supone que se trata de una biblioteca. El lector reflexiona, qué libros salvaría de la hoguera.

 La escritura forzosamente antecede a la lectura, pero no a la literatura. Es decir, los libros, todos, podrían ser exterminados, y no por ello se extinguiría la Literatura.

 Salvar libros de primeros auxilios, de remedios herbolarios, de teoría científica, de inventos, de historia, ¿de historia? Se puede reinventar la historia. De hecho es deseable de cuando en cuando, generar una nueva épica. Descartamos, ergo, salvar novelas, cuentos, poesía, y cualquier otro género literario.

 La trama de la novela en donde el escritor cuenta sobre el incendio, nunca desenlaza en el título de los cuatro libros rescatados. Hay que imaginarse, con toda la información en la mano, en la mente, qué libros fueron los afortunados. ¿Qué salvaría usted de la hoguera? Parece ser el reto, y en este caso, el traslape de lo real sobre la ficción.

 Aunque ante un incendio saldría, supongo, huyendo, sin nada más que mis huesos y músculos.

BOXEO MEDIANO COLOMBIA - PARAGUAY La noche de ayer, llevaba en mis manos El club de los negocios raros, de Chesterton y Nombre falso, de Piglia. En Nombre falso hay un cuento llamado «El Laucha Benítez cantaba boleros». Laucha es un boxeador, y el Vikingo otro. Ambos coinciden en un gimnasio. Ambos deberían haber sido cualquier otra cosa, excepto boxeadores. El Laucha, cantante de boleros. El Vikingo, no sé, tal vez matón a sueldo. Pero fueron boxeadores y así se conocieron; porque tenían que representar una tragedía griega ocurrida en Buenos Aires.

 Me dirigía a ver a María. La vi, desde lejos vi su cabello, que parece crucigrama. Vi luego su boca y sus ojos, unos grandes ojos. La veía por partes, como siempre, como me gusta. Para después verla toda. Leo una oración, leo otra, leo el siguiente párrafo. Alcanzo a comprender una historia a través de las cadenas de grafías. Primero descifro una palabra que porta su significado. El escritor tiene fe en que el lector acuda al significado preciso, o al menos cercano, al que él cocibió en su departamento de la calle Sarmiento.

 Puedo contemplarla ininterrumpidamente, la he visto dormida. Si supiera dibujar, la podría dibujar de memoria, al menos su rostro. ¿Qué salvaría yo de un incendio? La salvaría a ella. Aunque yo no me salvara ni salvara libros.

 En el fondo, cualquiera quiere ser un superhéroe. Salvar cuatro libros es a fin de cuentas, salvar la literatura, salvar toda la literatura. ¿Qué libros elegiría usted? Yo elegiría Plata quemada, La invención de Morel, Siete pecados y 2666. Mis razones son arbitrarias, responden a un instante; seguramente en un año decidiría salvar distintos títulos. La invención de Morel es mi novela favorita. Nada de poesía ni de técnicas de superivencia o manuales de autoayuda.

Libros prohibidos ¿Por qué salvar libros? Lo más decente sería salvar a la vieja bibliotecaria que apenas y puede con sus piernas. Los lingüistas por ejemplo, anteponen salvar una lengua a punto de extingurise que salvar a los hablantes. Los hablantes nunca importan, a lo mejor ni su lengua. Lo que importa para el lingüista es algún fenómeno lingüístico, o la descripción de sus sonidos. La lingüística por eso es inhumana y debe ser desaparecida. Es mucho muy parecida a una ciencia estadística, en donde solo importan los números. Un bibliotecario querría salvar todos los libros, o condenarse en el infierno junto a los anaqueles. En el caso, por supuesto, de un bibliotecario apasionado. Pero apuesto a que hay bibliotecarios que no leen ni los avisos oportunos -en donde por supuesto hay más poesía que en los libros de poesía-. Los de la biblioteca central de la UNAM, siempre me han parecido del tipo que le tienen fobia a los libros; claro que no tienen la obligación de ser lectores empedernidos.

 Si tuviera que salvar al mundo, seguramente no me salvaría ni yo. ¿Qué sí salvaría entonces? Salvaría la música y la cocina. Salvaría el sexo. No salvaría los libros. No invertiría mis pocas fuerzas en salvar ejemplares de la Biblia o el Quijote. Seré honesto: si estuviera en medio de un incendio, me desmayaría, me pondría histérico, trataría de correr, pasaría encima de los caídos y finalmente, perecería ahogado por el humo. No tengo talante de héroe, soy un tipo nada brillante, fácilmente caigo en el caos y sé que ningún poema, o línea, va a modificar un ápice el mundo. Pude ser bombero y preferí escribir. Pude ser beisbolista y preferí escribir. Pude ser abogado o economista y preferí escribir. Siempre elijo las versiones más imprácticas, lo inútil. Si tuviera que asaltar un banco, llevaría una pistola de agua y un pergamino con un poema. Ayer le confesaba  a María un hipotético crimen; mis ojos, mis dientes, mi lengua, solo pensaban en besarla.

Edgar Khonde

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Anotaciones para comenzar a escribir ‘Los ladrones’ Por Edgar Khonde

1

 

books-pile-ofCuando un lector le recomienda a otro lector un título y además le extiende el ejemplar, le muestra al otro un detalle del mundo que lo ha sacudido. He prestado libros que «quiero» a gente que quiero, o a gente que con la que comparto lugares. Si bien no puedo trasladar mi experiencia sobre una lectura específica, puedo esperar coincidencias con el otro lector, o disensos. Puedo esperar la lectura del otro para verificar un objeto de la escritura.

He perdido una gran cantidad de libros en su calidad de «prestado». Me arrepiento de la mayoría. Sé que no debí de haber buscado compartir líneas y párrafos que a mí me parecieron estupendos. Quizás a estas alturas mi biblioteca viviría descomunalmente en una casa de tres pisos, con las paredes atestadas de libreros. Viviría yo como lector substraído a través del polvo de las hojas y las palabras. Viviría vuelto oruga en la humedad de la casa, con un rifle en las manos, huraño, perverso; dispuesto a defenderme del primero que pusiera un pie en el porche. Entonces sería, yo, personaje de una novela; y alguien de ustedes, lectores, me estaría escribiendo.

2

libro bancaDe dos años a la fecha, cargo conmigo alguna novela de César Aira. A través de sus historias me he vuelto consciente de que soy un traficante de literatura, una especie de Dealer. En el aniversario del FCE, Alicia me pide que le recomiende un libro de Aira, dudo, Aira es según yo y varios, un autor raro, a veces para frikis, aunque no me considero friki. Le doy Cómo me hice monja. Ella sale con cinco libros y yo con tres. Me imagino: Entro al FCE, Alicia es Bonnie, trae un BAR, yo uso un revólver. El Browning Automatic Rifle que ella carga, pesa alrededor de diez kilos. Vaciamos los anaqueles, cogemos la plata y nos largamos. La figura es simple: robamos literatura, no libros, ni objetos, ni cosas. No traemos un botín, sino letras, palabras, oraciones, párrafos, novelas. La plata solo es accesoria, nadie creería que entramos a robar literatura. Un kilómetro más adelante, arrojo la maleta con el dinero, que además es poco, Alicia suelta el BAR. Pesamos menos, somos ligeros, nuestro automóvil se convierte en aeroplano, el día cede ante la noche. Los libros se revuelven en el portaequipaje, Cervantes se mezcla con Onetti, Ezra presta versos a Miguel Hernández. Somos testigos del caos. Vemos historias que suceden en anomalías. La estrofa de algún poema escapa y se dibuja sobre el cielo, se convierte en canción, abrazo a Alicia, rozó su mejilla con uno de mis dedos. Alicia que huele a palabras dichas en español. Ya nadie nos persigue, abajo han encontrado el maletín con la plata y el BAR, se han olvidado de los libros. Alicia tiende su cabeza hacia atrás. Yo admiro su perfil, su boca, su nariz, la forma de sus tetas. Cada línea de la literatura cobra forma, se hace sustancia, toma acústica. Cada línea se hace voz. Hay ecos sostenidos en el viento, en todas las lenguas. Entendemos el inglés de Shakespeare, el ruso de Mayakoski. Volamos. Hay personas que solo se vinculan con la literatura por medio del robo. Conozco tipos que nunca han abierto un libro, pero que saben su valor en el mercado. Alicia y yo no, nosotros somos lectores. Alicia es mi lectora favorita.

3

full-Frontera San Diego - Tijuana -Estoy en la sala de un departamento, el sofá tiene sobre sí cinco pilas de libros; a un lado de la mesa se encuentran dos cajas con libros. Habrá alrededor de 250 libros. Todavía tienen empaque, lo que indica que son libros nuevos. El anfitrión me ofrece café y porro. Acepto ambos. Me pasa un libro, luego otro. Al final tengo cinco libros que compraré por menos de la mitad de su precio. El anfitrión me ha ofrecido un precio especial, le caigo bien. Es mi ladrón, pienso, este cabrón es mi personaje. Adrián, no es su nombre pero así le diré, ha venido desde la Patagonia, textual, robando libros a través de todo el continente. Su siguiente punto de contacto será Tijuana, para después entrar a los EEUU por San Diego. Me pregunta por carreteras y librerías, Los Ángeles, San Francisco. El precio especial que me ha dado responde a mi agenda de amigos. Quiere contactos en Tijuana y San Diego, yo se los paso, lo recomiendo, le explico sobre caminos, transporte. Solo una vez lo han pillado, me confiesa. Imagino: un comando de gafes entra por las ventanas, arrojan bombas de humo, exigen que nos entreguemos. Adrián toma un libro y lee velozmente algún párrafo, cambia de libro, ninguno de los dos funciona. Nos atrincheramos en el cuarto de baño, alcanzamos a meter cinco libro. Sabemos que uno de ellos nos sacará del embrollo. Tomo el libro de El mago, de César Aira. Entonces aparecemos en un congreso de magos, en Panamá. Nos presentamos ante un grupo de impresores que beben alrededor de una mesa, nos presento porque Adrián todavía no puede recobrar el aliento. Somos escritores negros, el jefe de los impresores nos pide que nos sentemos, nos ofrece ron, ríe. Parece que tenemos un negocio.

4

Sueño un nuevo método para leer Rayuela, por medio de un mecanismo, se omiten verbos o sustantivos o preposiciones, a veces cualquier palabra o a letras. El resultado nada tiene que ver con la Rayuela de Julio Cortázar, sino que cada lector hace lee escribe su propia Rayuela. Cuando despierto anoto cuidadosamente la combinación, el código también podría servir para abrir una caja fuerte. La primera instrucción que debo seguir, de acuerdo con el sueño, es ir a la librería más cercana y robarme Rayuela. Tengo necesariamente que robarla, no vale tenerla o comprarla, el ejemplar tiene que ser producto del hurto ladronesco. Me pongo mis zapatos de ladrón, mi pantalón de ladrón, incluso mi americana de ladrón y mis lentes de ladrón hasta parecer un verdadero ladrón. Camino a la librería, entro, la dependienta me reconoce, lo sé por que su mirada salta. Tiene frente a sí a un ladrón. Mi habilidad de robar contra su habilidad de cuidar que nadie robe. Al final salimos empatados, robo, sí, pero no Rayuela, sino La invención de Morel. Ella sabía que mi objetivo era Rayuela y cuidó que no lo lograra. Un poco triste, o amargado, camino a casa con el libro de Bioy bajo el brazo. Otra vez será, pienso. Me quito el disfraz de ladrón, abro La invención de Morel, leo. Cuando lo termino, esa misma tarde, deposito el libro junto a sus hermanos, las otras invenciones de Morel, el libro que quizás más he robado en la vida, mi libro favorito.

5

Divina Comedia¿Qué pasaría si una noche llega hasta tu puerta un sujeto y te entrega La divina Comedia y te dice «he robado este libro para ti»? Una tarde conocí a Laura, o Clementina o Graciela, no es su nombre, pero guardo su identidad secreta. Laura, romana, de Roma, traía consigo una Divina Comedia en italiano, una edición lujosísima. La había robado para mí. Es decir, la había robado para mí aunque no sabía precisamente que era para mí hasta que me vio en el aeropuerto. Yo había acudido al aeropuerto a recoger a Catalina Rivolta. Laura no era ni Catalina ni Rivolta. Laura Gucci, se presentó. Mi nombre es Edgar Khonde. Caminamos. Antes de salir, me dijo lo de la Divina Comedia y me dio los tres tomos. En realidad acepté caminar con ella por sus ojos azules. Nunca, que yo recuerde, alguien con ojos azules había mostrado interés en mí. Salimos de la terminal rumbo a casa. Pasamos cuatro días sin salir de mi departamento, mi mal italiano y su mal español se entendían. También se entendieron nuestras bocas y nuestras manos. Al quinto día, ella salió. Yo tomé su libreta de viaje, descubrí algo escrito en italiano que traduzco al español: «Laura llega al aeropuerto y un sujeto la recoge. Salen no sin antes entregarle el paquete. La Divina Comedia, un ejemplar raro que tiene repetidas las palabras página por página, todas las palabras es una sola palabra, todas son iguales, solo un lector audaz podría darse cuenta de ello.» Abrí la Divina Comedia, leí. Aparentemente era una Divina Comedia como cualquier otra, una edición de lujo sí, pero nada especial. Toda la tarde y parte de la noche revisé los tomos. Cuando Laura llegó, me descubrió. Le dije que su Divina Comedia no me parecía especial, con el comentario advirtió que había leído su libro de viajes.

6

Laura ordenó: tomar un libro, dejarlo abandonado en cualquier lugar, esperar a que alguien lo tomará, seguir al portador del libro. Anotar su dirección, averiguar su nombre, profesión. Tratar de relacionar el contenido del libro con el lector. El 80% de las veces te darás cuenta que lector y libro no guardan relación alguna y que el lector no modificará ni un ápice su vida después de haber leído el libro. El 95% de las veces te darás cuenta que la lectura no crea ni buenas ni malas personas, que los libros no eligen a sus lectores, el lector elige qué lee. El 100% de las veces te darás cuenta que la literatura no transforma al mundo y que bien podría no existir la palabra escrita ni la tradición oral en la historia. ¿Y a qué viene todo esto Laura? Laura cayó. Yo por supuesto no hice lo del libro. Laura se fue de mi departamento dos semanas después. Me acordé de «el 90% de las veces el lector solo lee las primeras páginas de un libro, incapaz de seguir o de abandonar, incapaz de rendirse o de tomar otro libro, la literatura lo ha capturado, lo ha convertido en una estatua, en un personaje».

7

porta-anillos-con-un-libro-antiguoAdrián me explica infinitas técnicas de robar, la más elegante es la de salirse con el libro en mano, bajo el argumento que tú ya lo llevabas. Adrián no se percata, pero todo lo que dice, sus movimientos, expresiones, los anoto mentalmente, él da vida a mi personaje. Le digo: imagina que un día hay un campo de entrenamiento para ladrones de libros. Prefiere ignorarme, sonríe. Parece que tienes el argumento de una novela loco, dice. En broma o no, lo tengo, se llama Los ladrones. Versa sobre ladrones de libros, como la continuación de Les vols. La única manera de que no se roben un libro es que no lo vendan, ¿cierto? O que lo regalen o que sea de libre circulación como el aire. Adrián prende un porro. Me pasa otro libro de Aira. En ese libro Aira escribe de un escritor que vende manuscritos inéditos, y apócrifos, de un tal César Aira. Un día un ladrón de libros roba uno de esos manuscritos, el ladrón por curiosidad, porque no conoce al autor, le echa una ojeada al manuscrito. En el manuscrito César Aira escribe que hay ladrones de libros que solo se vinculan a la literatura robando libros, como el ladrón que roba un manuscrito, como quien escribe sobre ese ladrón y sobre César Aira y sobre el escritor que se hace pasar por César Aira. Levanto la mirada mientras Adrián me sigue charlando sobre el argumento de la nueva novela de Aira. Pregunto, al aire ¿Aira está escribiendo sobre nosotros en este instante? Adrián sonríe, tal vez, ¿por qué no? Entonces estas anotaciones acaban cuando el lector del blog pone sus ojos en estas líneas finales, se pregunta quién es Aira y tal vez lo guglea. Tal vez luego busque un libro de él. El lector de blogs, por supuesto, también ha sido escrito por Aira, tal vez Aira es Dios o su hijo, o un dios juguetón que cuenta la historia de la humanidad, pero quién sabe.

Edgar Khonde

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