Anotaciones para comenzar a escribir ‘Los ladrones’ Por Edgar Khonde

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books-pile-ofCuando un lector le recomienda a otro lector un título y además le extiende el ejemplar, le muestra al otro un detalle del mundo que lo ha sacudido. He prestado libros que «quiero» a gente que quiero, o a gente que con la que comparto lugares. Si bien no puedo trasladar mi experiencia sobre una lectura específica, puedo esperar coincidencias con el otro lector, o disensos. Puedo esperar la lectura del otro para verificar un objeto de la escritura.

He perdido una gran cantidad de libros en su calidad de «prestado». Me arrepiento de la mayoría. Sé que no debí de haber buscado compartir líneas y párrafos que a mí me parecieron estupendos. Quizás a estas alturas mi biblioteca viviría descomunalmente en una casa de tres pisos, con las paredes atestadas de libreros. Viviría yo como lector substraído a través del polvo de las hojas y las palabras. Viviría vuelto oruga en la humedad de la casa, con un rifle en las manos, huraño, perverso; dispuesto a defenderme del primero que pusiera un pie en el porche. Entonces sería, yo, personaje de una novela; y alguien de ustedes, lectores, me estaría escribiendo.

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libro bancaDe dos años a la fecha, cargo conmigo alguna novela de César Aira. A través de sus historias me he vuelto consciente de que soy un traficante de literatura, una especie de Dealer. En el aniversario del FCE, Alicia me pide que le recomiende un libro de Aira, dudo, Aira es según yo y varios, un autor raro, a veces para frikis, aunque no me considero friki. Le doy Cómo me hice monja. Ella sale con cinco libros y yo con tres. Me imagino: Entro al FCE, Alicia es Bonnie, trae un BAR, yo uso un revólver. El Browning Automatic Rifle que ella carga, pesa alrededor de diez kilos. Vaciamos los anaqueles, cogemos la plata y nos largamos. La figura es simple: robamos literatura, no libros, ni objetos, ni cosas. No traemos un botín, sino letras, palabras, oraciones, párrafos, novelas. La plata solo es accesoria, nadie creería que entramos a robar literatura. Un kilómetro más adelante, arrojo la maleta con el dinero, que además es poco, Alicia suelta el BAR. Pesamos menos, somos ligeros, nuestro automóvil se convierte en aeroplano, el día cede ante la noche. Los libros se revuelven en el portaequipaje, Cervantes se mezcla con Onetti, Ezra presta versos a Miguel Hernández. Somos testigos del caos. Vemos historias que suceden en anomalías. La estrofa de algún poema escapa y se dibuja sobre el cielo, se convierte en canción, abrazo a Alicia, rozó su mejilla con uno de mis dedos. Alicia que huele a palabras dichas en español. Ya nadie nos persigue, abajo han encontrado el maletín con la plata y el BAR, se han olvidado de los libros. Alicia tiende su cabeza hacia atrás. Yo admiro su perfil, su boca, su nariz, la forma de sus tetas. Cada línea de la literatura cobra forma, se hace sustancia, toma acústica. Cada línea se hace voz. Hay ecos sostenidos en el viento, en todas las lenguas. Entendemos el inglés de Shakespeare, el ruso de Mayakoski. Volamos. Hay personas que solo se vinculan con la literatura por medio del robo. Conozco tipos que nunca han abierto un libro, pero que saben su valor en el mercado. Alicia y yo no, nosotros somos lectores. Alicia es mi lectora favorita.

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full-Frontera San Diego - Tijuana -Estoy en la sala de un departamento, el sofá tiene sobre sí cinco pilas de libros; a un lado de la mesa se encuentran dos cajas con libros. Habrá alrededor de 250 libros. Todavía tienen empaque, lo que indica que son libros nuevos. El anfitrión me ofrece café y porro. Acepto ambos. Me pasa un libro, luego otro. Al final tengo cinco libros que compraré por menos de la mitad de su precio. El anfitrión me ha ofrecido un precio especial, le caigo bien. Es mi ladrón, pienso, este cabrón es mi personaje. Adrián, no es su nombre pero así le diré, ha venido desde la Patagonia, textual, robando libros a través de todo el continente. Su siguiente punto de contacto será Tijuana, para después entrar a los EEUU por San Diego. Me pregunta por carreteras y librerías, Los Ángeles, San Francisco. El precio especial que me ha dado responde a mi agenda de amigos. Quiere contactos en Tijuana y San Diego, yo se los paso, lo recomiendo, le explico sobre caminos, transporte. Solo una vez lo han pillado, me confiesa. Imagino: un comando de gafes entra por las ventanas, arrojan bombas de humo, exigen que nos entreguemos. Adrián toma un libro y lee velozmente algún párrafo, cambia de libro, ninguno de los dos funciona. Nos atrincheramos en el cuarto de baño, alcanzamos a meter cinco libro. Sabemos que uno de ellos nos sacará del embrollo. Tomo el libro de El mago, de César Aira. Entonces aparecemos en un congreso de magos, en Panamá. Nos presentamos ante un grupo de impresores que beben alrededor de una mesa, nos presento porque Adrián todavía no puede recobrar el aliento. Somos escritores negros, el jefe de los impresores nos pide que nos sentemos, nos ofrece ron, ríe. Parece que tenemos un negocio.

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Sueño un nuevo método para leer Rayuela, por medio de un mecanismo, se omiten verbos o sustantivos o preposiciones, a veces cualquier palabra o a letras. El resultado nada tiene que ver con la Rayuela de Julio Cortázar, sino que cada lector hace lee escribe su propia Rayuela. Cuando despierto anoto cuidadosamente la combinación, el código también podría servir para abrir una caja fuerte. La primera instrucción que debo seguir, de acuerdo con el sueño, es ir a la librería más cercana y robarme Rayuela. Tengo necesariamente que robarla, no vale tenerla o comprarla, el ejemplar tiene que ser producto del hurto ladronesco. Me pongo mis zapatos de ladrón, mi pantalón de ladrón, incluso mi americana de ladrón y mis lentes de ladrón hasta parecer un verdadero ladrón. Camino a la librería, entro, la dependienta me reconoce, lo sé por que su mirada salta. Tiene frente a sí a un ladrón. Mi habilidad de robar contra su habilidad de cuidar que nadie robe. Al final salimos empatados, robo, sí, pero no Rayuela, sino La invención de Morel. Ella sabía que mi objetivo era Rayuela y cuidó que no lo lograra. Un poco triste, o amargado, camino a casa con el libro de Bioy bajo el brazo. Otra vez será, pienso. Me quito el disfraz de ladrón, abro La invención de Morel, leo. Cuando lo termino, esa misma tarde, deposito el libro junto a sus hermanos, las otras invenciones de Morel, el libro que quizás más he robado en la vida, mi libro favorito.

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Divina Comedia¿Qué pasaría si una noche llega hasta tu puerta un sujeto y te entrega La divina Comedia y te dice «he robado este libro para ti»? Una tarde conocí a Laura, o Clementina o Graciela, no es su nombre, pero guardo su identidad secreta. Laura, romana, de Roma, traía consigo una Divina Comedia en italiano, una edición lujosísima. La había robado para mí. Es decir, la había robado para mí aunque no sabía precisamente que era para mí hasta que me vio en el aeropuerto. Yo había acudido al aeropuerto a recoger a Catalina Rivolta. Laura no era ni Catalina ni Rivolta. Laura Gucci, se presentó. Mi nombre es Edgar Khonde. Caminamos. Antes de salir, me dijo lo de la Divina Comedia y me dio los tres tomos. En realidad acepté caminar con ella por sus ojos azules. Nunca, que yo recuerde, alguien con ojos azules había mostrado interés en mí. Salimos de la terminal rumbo a casa. Pasamos cuatro días sin salir de mi departamento, mi mal italiano y su mal español se entendían. También se entendieron nuestras bocas y nuestras manos. Al quinto día, ella salió. Yo tomé su libreta de viaje, descubrí algo escrito en italiano que traduzco al español: «Laura llega al aeropuerto y un sujeto la recoge. Salen no sin antes entregarle el paquete. La Divina Comedia, un ejemplar raro que tiene repetidas las palabras página por página, todas las palabras es una sola palabra, todas son iguales, solo un lector audaz podría darse cuenta de ello.» Abrí la Divina Comedia, leí. Aparentemente era una Divina Comedia como cualquier otra, una edición de lujo sí, pero nada especial. Toda la tarde y parte de la noche revisé los tomos. Cuando Laura llegó, me descubrió. Le dije que su Divina Comedia no me parecía especial, con el comentario advirtió que había leído su libro de viajes.

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Laura ordenó: tomar un libro, dejarlo abandonado en cualquier lugar, esperar a que alguien lo tomará, seguir al portador del libro. Anotar su dirección, averiguar su nombre, profesión. Tratar de relacionar el contenido del libro con el lector. El 80% de las veces te darás cuenta que lector y libro no guardan relación alguna y que el lector no modificará ni un ápice su vida después de haber leído el libro. El 95% de las veces te darás cuenta que la lectura no crea ni buenas ni malas personas, que los libros no eligen a sus lectores, el lector elige qué lee. El 100% de las veces te darás cuenta que la literatura no transforma al mundo y que bien podría no existir la palabra escrita ni la tradición oral en la historia. ¿Y a qué viene todo esto Laura? Laura cayó. Yo por supuesto no hice lo del libro. Laura se fue de mi departamento dos semanas después. Me acordé de «el 90% de las veces el lector solo lee las primeras páginas de un libro, incapaz de seguir o de abandonar, incapaz de rendirse o de tomar otro libro, la literatura lo ha capturado, lo ha convertido en una estatua, en un personaje».

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porta-anillos-con-un-libro-antiguoAdrián me explica infinitas técnicas de robar, la más elegante es la de salirse con el libro en mano, bajo el argumento que tú ya lo llevabas. Adrián no se percata, pero todo lo que dice, sus movimientos, expresiones, los anoto mentalmente, él da vida a mi personaje. Le digo: imagina que un día hay un campo de entrenamiento para ladrones de libros. Prefiere ignorarme, sonríe. Parece que tienes el argumento de una novela loco, dice. En broma o no, lo tengo, se llama Los ladrones. Versa sobre ladrones de libros, como la continuación de Les vols. La única manera de que no se roben un libro es que no lo vendan, ¿cierto? O que lo regalen o que sea de libre circulación como el aire. Adrián prende un porro. Me pasa otro libro de Aira. En ese libro Aira escribe de un escritor que vende manuscritos inéditos, y apócrifos, de un tal César Aira. Un día un ladrón de libros roba uno de esos manuscritos, el ladrón por curiosidad, porque no conoce al autor, le echa una ojeada al manuscrito. En el manuscrito César Aira escribe que hay ladrones de libros que solo se vinculan a la literatura robando libros, como el ladrón que roba un manuscrito, como quien escribe sobre ese ladrón y sobre César Aira y sobre el escritor que se hace pasar por César Aira. Levanto la mirada mientras Adrián me sigue charlando sobre el argumento de la nueva novela de Aira. Pregunto, al aire ¿Aira está escribiendo sobre nosotros en este instante? Adrián sonríe, tal vez, ¿por qué no? Entonces estas anotaciones acaban cuando el lector del blog pone sus ojos en estas líneas finales, se pregunta quién es Aira y tal vez lo guglea. Tal vez luego busque un libro de él. El lector de blogs, por supuesto, también ha sido escrito por Aira, tal vez Aira es Dios o su hijo, o un dios juguetón que cuenta la historia de la humanidad, pero quién sabe.

Edgar Khonde

Twitter: @edgarkhonde

 

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“El lector en la máquina del tiempo” por Edgar Khonde

La_lectora_muchos_libros by Miguel SampedroEn la novela El mago, de César Aira, el personaje principal goza de la cualidad de velar[1] y desvelar objetos a voluntad; característica intrínseca a cualquier mago, con la diferencia de que el mago de Aira es verdadero, es decir, no usa trucos en su magia.

Con la habilidad del mago, podríamos imaginarnos que casi cualquier cosa sería posible. Por ejemplo, hacer aparecer un libro de poemas o una novela. ¿Y no es eso lo que hace un escritor? Aunque no de forma instantánea, un libro que aparece en un anaquel es un acto de magia. El lector asiste como un espectador a un evento de prestidigitación cada que cruza las puertas de una biblioteca. No creo que un lector que ojea una novela conciba el espacio invertido para la escritura del libro que tiene en sus manos. Para el lector «tomar[2]» un libro se traduce como un verbo de logro[3].

tiempoEl tiempo de la lectura es diferente al tiempo de la realidad, se accede a una ilusión. Como el transcurso del tiempo dentro de los sueños, también el tiempo dentro de la lectura funciona de un modo distinto; no solo en lo cronometrado del ejercicio de leer sino en lo que se lee.

El lector cuenta con tres tiempos distintos cuando toma un libro -el tiempo es tridimensional- (ya solo por ese hecho podríamos pensar en el escritor como un mago): El tiempo en el que él se encuentra en reposo descifrando signos; el tiempo en el que suceden las cosas de lo leído, y; el tiempo real.

 El lector en reposo está representado en Back to the Future a través de Marty McFly dentro del DeLorean; la máquina del tiempo, el instante de la lectura, es el canal y lo que une a los otros dos tiempos. Cada que el lector sale de la lectura ha sido trasladado al futuro.

 El tiempo real transcurre independiente del lector y la lectura. El lector se incrusta a ese tiempo cuando interactúa con el otro. Y cuando interactúa envejece. Si pudiera quedarse siempre en la lectura no pasaría el tiempo a través de él, como en La invención de Morel; en donde el lector decide grabarse para siempre en el tiempo de la lectura.

 El tiempo de la lectura se rige bajo reglas distintas de la física convencional, principalmente porque se puede viajar al pasado, pero también porque es posible presenciar el trascurso de miles de años en una oración o un párrafo, por ejemplo, la elipsis temporal de la película 2001: una odisea del espacio[4], la elipsis más larga de la historia con cuatro millones de años: el hueso lanzado que se convierte en una nave espacial.

 El lector acude a la literatura sin percatarse de que se introduce en el tiempo y el espacio: se convierte en un viajero y un cosmonauta. Más allá del escritor, -el mago-, el lector es el actor que hace posible la literatura (como el espectador hace posible la magia, que no existiría sin él).

 La convergencia de la tridimensionalidad del tiempo con la bidimensionalidad del acto de leer, lector-escritor, explica un poco la ingeniería de la lectura como acción. La acción es el acecho sobre la máquina del tiempo: la literatura.

En libros como Siete pecados capitales y Pieza única, ambos de Milorad Pavic, el lector, de hecho, es el personaje que activa las tramas. Pavic construye su discurso con la presencia de quien lee. El escritor espera pacientemente a que Marty McFly encienda de DeLorean para regresar desde el futuro.

Con la literatura, el escritor construye artilugios para que la gente pueda viajar, -o los aparece o los inventa-, la gente puede decirle a esas cosas novelas, cuentos, poemas, películas. Yo les voy a decir libros o máquinas del tiempo.

 Edgar Khonde

Twitter: @edgarkhonde


[1]  En su forma transitiva velar significa cubrir, ocultar.

[2]  Aquí el significado de tomar implica asir su contenido.

[3]  Verbos de logro como: nacer, romper.

[4]  La literatura tiene distintos soportes, un libro, el cine.

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