Girar alrededor de los libros por Edgar Khonde

Puerta-pasilloTe ha pasado que metes la llave a la chapa de la puerta de tu departamento, pero la llave no cede sino hasta la mitad de la cerradura. Luego de minutos te das por vencido. Entonces miras el número. No es tu número, tampoco es el quinto piso: estás en el tercero. Abre tu vecina, la hipotética vecina. No te suena familiar, y para ella eres el más desconocido de los desconocidos. Tú vistes pijama y por eso te cree cuando le dices que de ninguna manera eres un ladrón, los ladrones no van de pijama, y que solo te equivocaste de departamento y de piso. Un rayo le cruza la memoria y recuerda algo: te saludó hace dos semanas, cuando a medianoche salió a pasear a su perro, pero, tú entraste al edificio de junto. Tú lo recuerdas, claro, odiaste a su perro desde la primera, y única, vez que lo viste. Lo odiaste porque te recordaba al perro de una ex novia, mejor dicho, lo odiaste porque ella te recordó a una ex novia cuando te la encontraste de frente e imaginaste que la habrías besado de ser ella, tu ex novia. Le dices que, claro, que lo recuerdas, que te cayó bien su perro. Sonríes. Entonces ella te pregunta que si estás bien. Tú respondes que por qué pregunta eso. Y ella aguantándose la risa, no tiene más que decir que te equivocaste de departamento, de piso y de edificio. Tú no dejas la sonrisa idiota. Claro, a esas alturas piensas que también te equivocaste de vida.

 Pero la historia era otra.

Libros y libros Hace un par de meses, Sebastián, me encargó tres cajas de libros, ante su inminente mudanza. Desde ese tiempo para acá, he leído fragmentos de ellos, no he llegado al final de ninguno. Sebastián, está de más decirlo, es un bibliófilo con tintes de alcohólico. Consume libros como si se tratara de acabar con la cantina más grande de la Escandón. Hace un par de días, Sebastián, mandó a una amiga suya, para recoger las cajas. Cuando le ayudé a bajarlas, sentí como si me arrancaran pedazos de memoria. Me había encariñado con ellos. Yo no gozo de una eterna biblioteca, regularmente de vez en vez la renuevo, y regalo los libros que he leído, pero obviamente no podía hacer lo mismo con los libros de Sebastián; además, como lo dije antes, no había llegado al final de ninguno. La técnica que había implementado fue la siguiente: abría una caja sin mirar su interior, y al azar cogía uno. Leía tres, diez páginas también al azar y lo cambiaba de caja. A veces tenía la fortuna de encontrarme con un libro anterior, pero dada la lotería, no continuaba su lectura en la página donde me había quedado. De alguna forma estaba construyendo una novela. Una novela a la usanza de la escritura automática. Tal vez ustedes lo sepan mejor que yo, cuando dejas una lectura inconclusa, tu vida se retaza en incompletudes. Como un vestido que esta cosido con pedazos de distintas telas y colores, y que puede resultar gracioso, pero siempre siempre, será un hecho fallido. Porque la lectura, la literatura, se parece a eso: un revestimiento de la memoria.

libro-magico Yo no sé qué va a pasar ahora conmigo, que me he quedado suelto como hoja suelta en la enciclopedia de los lectores que no acabaron la novela. Soy una especie de Bartleby. Un drogadicto al que se le ha acabado la coca y no tiene manera de conseguir más. Puedo ir a una biblioteca, a una librería, comprar libros, pedir prestados, hasta poder reunir un contexto similar: cajas de libros para formar historias. Aunque hay algo que quizás no les debí de haber dicho al inicio de este texto. A lo mejor se lo imaginan. La cosa con los libros de Sebastián, el motivo de la seducción, es que esos más de trescientos libros eran robados. No todos al mismo tiempo, sino uno por uno. Les dije que Sebastián es un bibliófilo alcohólico. Un sibarita de la literatura. Como otros son sibaritas de la cocina, entre los que me cuento yo. Bueno, pues, esa es la cosa. El atractivo era que mi casa se había convertido de repente en la cueva de Alí Babá, y yo, y solo yo, tenía acceso a todos los tesoros del ladrón.

 Y a lo mejor por eso me he equivocado esta noche de departamento, de piso y de edificio. Porque ya no siento que mi casa sea mi casa.

 Edgar Khonde

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Carta entre sábanas y mar por Daniella Giacomán

ventana¿Alguna vez sentiste que me temblaban las piernas cuando estaba a tu lado? Quizá no lo sabías pero desde aquel 4 de febrero ha sido así.

Son las 3 de la mañana. El silencio reina en  la habitación iluminada sólo por la luna, estamos tu y yo. Tu torso color arena se asoma entre las sábanas. Duermes plácidamente. Pareciera que nada ni nadie va a robarte el sueño.

Ni siquiera el humo del cigarro que me fumo mientras observo hacia la calle. Once años anhelé que llegara este momento. Siempre jugando con fuego y bromeando con “esa noche” que ahora se consumó.

Mientras un poco de aire juega con mi cabello, recuerdo cuando nos conocimos. Yo tenía 24 y tu 22. Sentíamos que nos comíamos el mundo, cada quien a su manera. Teníamos (y tenemos) ideologías distintas y muchas veces chocábamos. Yo te molestaba diciendo que AMLO era incongruente y que tenía un Rólex y muchas cosas más.. Sabía que te encendías al escuchar eso, pero lo único que hacía era llamar tu atención. Eso era lo único que quería.

Pero también tenía claro que nadie me había dicho que aun con todos “mis maridos” y mis “novios” que me conseguía en la playa, me querías y jamás dejaste de quererme. Aun sabiendo que nuestras vidas eran distintas y que literalmente, nos separa un país. Un país en el que hay muchos Méxicos.. En que la historia no ha cambiado, desde que nos conocimos. Se ha empobrecido y nos ha arrebatado situaciones, personas, mascotas, que hemos querido.

escribiendo de nochePero nada de eso importa ahora.  Ni siquiera importa que no te guste la música que a mi y que no te interese mucho lo que escribo. Eso es lo ingrato de la profesión que se tiene… Escribes para tí, para otros, pero pocas veces para la persona que amas.

Contigo ha sido así y eso es lo que más me ha asombrado. Devoradora de cientos de historias románticas en películas, libros y demás, siempre soñando con la proposición perfecta. El “momento” fuera de serie y la publicación en todas las redes sociales. Pero nada de eso hay entre los dos. Lo único que sé es que estás a mi lado aunque muchas veces no lo haya entendido.

Creo que eso es el amor. Alguien alguna vez me dijo que no existía el amor, que sólo existían los acuerdos. Pero creo que sí existe, y creo que el amor y la fe también van de la mano. Y quisiera pensar en tantas cosas, pero ahora no es tiempo.

II

desayuno ventanaSon las nueve de la mañana. Al despertar, lo primero que veo son tus ojos que me miran. Intensos y expectantes. Con tu mano derecha me acomodas un mechón de cabello detrás de la oreja y me das un beso.

Imaginaba el café, el pan, o la fruta. El desayuno listo. Pero lo único que veo es que tienes el xbox prendido y en silencio, para “que no me despierte”.  Me meto a bañar, en lo que tu te arreglas. Y salimos a la playa, a ese lugar al que dije que iríamos hace mucho tiempo y que planeabámos cada vez que hablábamos.

Caminamos por la orilla del mar. Y yo vuelvo a sentir ese temblor en mis piernas. Pero no te digo nada, porque sé que no es importante pero para mí, sí lo es. Tomas mi mano y caminamos.. Y caminamos… Y llegamos a unas escaleras en piedra que conducen al malecón. Y no hablamos, no es necesario que hablemos. Sabemos disfrutar de nuestros silencios y del murmullo de las olas del mar.

El corazón late a mil cada vez que me miras a los ojos. No hace falta que me digas un discurso amoroso de telenovela, porque esos son tan falsos y tan huecos. No. No hace falta nada de eso, mientras caminemos juntos.

A nadie le he dicho que me hiciste una de las mejores proposiciones que una mujer pueda tener. “No tenemos tiempo de saber si funcionamos como pareja”… Y creo que no, nos hemos conocido demasiado. Sabemos lo que hay que saber y conocemos a nuestros demonios. Sabemos de qué pata cojeamos pero también apreciamos lo que es cada uno de nosotros. De pronto pasan minutos.. quizás una o dos horas. Y continuamos sentados, tomados de la mano viendo hacia el mar.

ciudad de nocheYa es hora de regresar a la ciudad. Y con eso se me apachurra el corazón porque sé que aún no es tiempo para quedarme permanentemente. Debo ver algunas cosas y entonces, establecernos. No sé qué pasará. Ese mismo temblor que siento en mis piernas cuando estás cerca, es el mismo que me impulsa a seguir.

Llegamos a la habitación y nos llevamos nuestro equipaje. Siento una envidia inmensa de este lugar porque se quedará con las mejores imágenes de mi vida. Porque fue aquí donde descubrí que quizás el amor sí existía… Mientras tu duermes en el asiento que da a la ventana en el autobús, yo aprieto tu mano y tu haces lo mismo.

Regresamos a la ciudad con la promesa de que nos espera un futuro juntos y de que estamos destinados el uno al otro. No hay flores, ni rosas, porque todas las recibí en mis sueños y a manera virtual. Pero ahora tengo la certeza, que contigo quiero pasar el resto de mi vida. Yo creo que tú también quieres lo mismo.

 

Daniella Giacomán Vargas

 

 

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“Con la escritura se viaja al futuro” por Edgar Khonde

libro y computadoraA partir de este instante invertiré un lapso de tiempo para escribir estos párrafos. -Me siento frente a la computadora, dispongo a sus costados los libros de Tabucchi, Castillo Gómez y Kafka-. El tiempo afuera del ejercicio escritural habrá transcurrido hacia adelante. -Hojeo cada libro para revisar las señalizaciones que les hice, para verificar que no tenga que interrumpir la escritura-. La escritura me habrá transportado al futuro. Ningún acto escritural pretende asirse al presente o al pasado, siempre tiene por objeto el mañana. -Cojo uno de Piglia en donde aborda a Felice como la lectora preferida de Kafka; que aún no sé si utilizaré.- La escritura a diferencia de la lectura que puede sostenerse dentro del ahora y viajar hacia atrás, no puede hacernos volver sobre la historia.

 

Hace unos días, recuerdo que leí una sentencia, he olvidado al autor: «escribir es borrar»; o lo que interpreto como no estar satisfecho nunca de lo logrado. Kafka, de quien Piglia (2005, 44) afirma que liga la escritura a una estricta disciplina asociada con el mundo militar, dejó constancia de su obra a su pesar (todos sabemos que le pidió a Max Brod destruir su obra literaria). Tal vez nunca estuvo satisfecho con los resultados de su cifrar la lengua. Sin embargo, que yo sepa, no dejó instrucciones de qué hacer con las cartas que le escribió a Felice Bauer. Quiero suponer que la obra de Kafka no existe, porque fue destruida de acuerdo a sus deseos, el testimonio que nos queda es su escritura epistolar[1]. Una escritura privada que -la carta- funciona como objeto-memoria, en palabras más menos de Castillo Gómez (2006, 59).

 

mujer leyendo ventanaPienso que una carta no es en sí un pleno texto escritural, ni literario, sino un discurso que se enroca entre oralidad y escritura. Parto de mi experiencia como escritor de cartas. A veces, pocas en realidad, cuando escribo alguna guardo un borrador que suelo utilizar para convertirlo en un texto literario. Llevo una bitácora de sueños, y como Kafka a Felice, recurro a contarle un sueño a través de una carta a una destinataria (yo también tengo una lectora preferida). Si leo la carta en voz alta, regularmente me parece correcta, coherente; imagino luego a mi lectora leyendo la carta en voz alta. En una lectura silenciosa, encuentro ausencia de preposiciones, redundancias, ausencia de nombres o presuposiciones que sé que esa lectora comprende, pero que ningún otro lector va a poder descifrar.

 

Tabucchi (2010, 239) tiene una novela epistolar, en ella, en uno de los capítulos dice: «Quisiera realmente escribirte una carta, un día de éstos, una carta total, una carta verdadera y total, lo pienso y pienso cómo sería si te la escribiera: estaría escrita con palabras normales y corrientes, ya desgastadas por las muchas personas que las han dicho (…)».  A través del capítulo Tabucchi le describe a su destinataria cómo tendría que ser escrita la misiva. Cuando un lector lo lee, entiende que de hecho está leyendo la carta, no una pre-carta. Tabucchi, prepara a su lectora para recibir el ejercicio de su escritura.

Kafka (2010, 42) también prepara a su lectora: «Anoche soñé contigo por segunda vez. Un cartero traía dos cartas certificadas a mi nombre, dos cartas tuyas (…)». En contexto, en algunas cartas que Kafka le escribe Felice, le cuenta sus sueños. Le comparte esa escritura privada y la hace guardián de su memoria. Decía una amiga que los recuerdos no forman parte del tiempo porque se les saca de ahí; en palabras de Castillo Gómez (2006, 59) las cartas son «(…) herramientas para el recuerdo e instrumentos para la expresión de la identidad privada.»

 

cartaLa oralidad es inasible, la escritura es un recurso para sostener lo oral, y acudir a ello en otro momento. La oralidad se supone refleja más fielmente el pensamiento, el lenguaje funciona como un traductor de un lenguaje interno, deseablemente preciso. Sin embargo, cuando el que escribe lee y relee lo escrito, fácilmente se percata de que lo escrito no concuerda con lo que tiene en la cabeza. Oralmente es difícil percatarse de ello, ya que no se puede acudir al sonido[2].

Tomé un taller de escritura. Uno se puede imaginar que en un taller de escritura puede aprender una de dos cosas: a escribir bajo reglas ortográficas o, a escribir literatura. El taller no estaba dirigido a cumplir ninguna de esas expectativas, lo cual me pareció un acierto a la segunda clase. Las primeras sesiones me ocuparon en el quehacer de escribir relatos autobiográficos. Este ejercicio me remontaba a la escritura de las cartas que he escrito, ¿por qué? Supongo yo que porque escribo para un lector, una lectora. Para mí es una herramienta tener en mi mente el rostro de mi lectora. Sé que mi lectora no es una simple lectora. Sé que esa lectora es una lectora con un bagaje amplio como lectora y que mientras descifra los signos de un texto, anota sobre la escritura sus observaciones y correcciones. Mi lectora, incluso corrige mi oralidad cuando compartimos espacio y tiempo; tal vez mi lectora tiene una neurosis de correctora. Tener presente esto en el taller me hacía preguntarme la intención de mi escritura, no cómo lo escribía ni las palabras que usaba, sino lo que escribía. Pienso que un hablante ensaya lo que le va a decir al otro, a través de la escritura puedo ensayar lo que diré ante mis interlocutores. El taller de escritura, al menos eso se intentó, podía ofrecer la visión de que había opciones de decir -y escribir- una misma idea. Todos los ejercicios que escribí en ese taller, eran parte de una carta, o así lo concebí.

A través de los día a día las ideas que se despertaban me llevaron a preguntarme, que: ¿si existe una ingeniería del lenguaje no es acaso factible que también exista una ingeniería de la escritura? Supongo que sí. Si ustedes ponen en el buscador de Google: ingeniería de la escritura, el buscador no arrojará un sólo resultado que mencione algo relacionado a formas y construcciones de la lengua escrita; al menos en español no, no busqué en inglés. Es posible que, si apelamos a Google como al oráculo que lo sabe todo, nadie se haya planteado el problema. A mí no se me habría ocurrido buscar sino hasta que una compañera del taller me preguntó qué hacía yo inscrito, mi respuesta fue: es que este tema de la ingeniería de la escritura, pues, quiero saber de qué se trata. Mi compañera preguntó: ¿y eso de dónde lo sacaste? Me asombró un poco su cuestionamiento porque para mí era obvio que el Taller de Escritura consistía en plantear la ingeniería de la lengua escrita como posibilidad del éxito de la escritura personal.

 

Es obvio que por las cartas podríamos describir e incluso explicar la ingeniería de la escritura epistolar. Los textos literarios, a través de la teoría literaria, son explicados cercanamente por medio de una ingeniería. La cosa es que son explicados, pero no replicados. Escribir, escribir lo que sea, a fin de cuentas podría resumirse a poder ordenar palabras y pensamientos, ordenar sintagmas que en el discurso tengan la posibilidad de ser interpretados como el hablante-escritor los haya concebido en su mente. Ese taller me hizo pensar que sí, y que era posible aprender y aprehender y luego compartir esa ingeniería de la escritura. Pero hay que borrar y deshacer borradores y volver a escribir. Enseñar también es un poco enseñar a desaprender, comenzando con enseñar que es posible escribir, que cualquiera puede hacerlo. Por ejemplo, si pensamos en las cartas, las probabilidades de que la gente haya escrito alguna vez en su vida, aumentan.

Salgo a andar en bicicleta con un amigo escritor. Una vez le pregunté si existían tutoriales para aprender a andar en bici. Claro que existen pero nadie aprende pensando sino haciéndolo, dijo. Yo pude haber participado más en ese taller, mi presencia fue pasiva. Pero a manera de disculpa, puedo argumentar que quería ver cómo se desarrollaban los hechos. Qué sí y qué no era prudente, qué sí y qué no era relevante. Tal vez pensar en lo que se va a escribir sea un paso de la metodología, pero posterior al hecho de escribir lo que se piensa, como andar en bicicleta. ¿Cómo escribir si no sabes? Una forma podría ser que quien practica la escritura no se dé cuenta que está escribiendo.

 

carta-escritaCuando se escribe una carta, el que la escribe no sabe que está escribiendo sino qué está escribiendo, o no lo concibe de esa manera. Además, escribir una carta es un ejercicio cotidiano; no en uso y deshuso, sino posible. Tabucchi, Kafka, Gilberto Owen, John Keats, todos ellos escritores, todos también escritores de cartas comentaban su literatura a través de las misivas. Dejaban percibir a su lector el proceso ingenieril de sus propios textos. En su cartas, había visos de la obra negra de cada construcción verbal incrustada en el discurso. Además su tiempo, bien visto, era vuelto lenguaje escrito.

 

Hace unos días envié una carta en donde le explicaba a la destinataria que no solo iba a viajar hacia el futuro sino que iba a transformar el tiempo en palabras. Me volví mago y viajero cronomatográfico al mismo tiempo que me ejercité como escritor, y que hice uso de la ingeniería de la escritura de la carta. Podría decir que me volví un hombre complejo.

 

Termino de escribir esto, han pasado varias horas, aparentemente yo no me he movido. Y salvo los libros que he hojeado nada en este cuarto se ha movido. Cuando leía alguna línea de este texto regresaba al pasado, o me podía trasladar al futuro; cuando soltaba la lectura otra vez estaba en el presente. Escribir necesariamente me trajo al futuro, no había de otra, tampoco esperaba que el reloj corriera hacia atrás. Mientras otro hombre tal vez permaneció estático en su espacio y vivió de manera pasiva su presente (y de hecho continúa así), yo viajé al futuro, escribiendo.

 

La escritura, la práctica de ella, hace que uno advierta un mapa de lo que se tiene en la cabeza. Una escritura clara, con la práctica, supongo que le muestra al sujeto un posible orden de sus pensamientos (y se convierte en una ventana hacia sus yoes anteriores). Ahora bien, ignoro el resultado de que todos los sujetos tuvieran claros sus pensamientos. Tal vez individualmente sería horroroso: mirar el mundo con claridad, deslumbrados, honestos; quizás algo dentro de nosotros como sociedad, evolucionaría rápidamente, y sería igual de horroroso.

 

Más allá de escribir una carta, de viajar al futuro, de poder ver las trabes, cimientos, castillos y tabiques de la escritura, escribir para el otro es otra forma de abrazarlo.

Edgar Khonde

 

Twitter: @edgarkhonde

Bibliografía

 Castillo A. (2006). Entre la pluma y la pared. Una historia social de la escritura en los siglos de oro. Madrid: Ediciones Akal.

Kafka F. (2010). Sueños. Madrid: Errata naturae editores.

Piglia R. (2005). El último lector. Barcelona: Anagrama.

Tabucchi A. (2010) Se está haciendo cada vez más tarde (2ª ed.). Barcelona: Anagrama.

[1]   En esta especulación tampoco cabrían los pocos relatos que publicó en vida.

[2]          Si descartáramos los soportes tecnológicos, como las grabaciones.

 

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KANO Por Letal

KanoEra una vida, en la cual la humanidad únicamente se preocupó en construir una sola forma de existir, y de esa manera sobrevivir. Fue una ciudad enorme, edificada con relaciones más no de palabras, una ciudad de papel mache y acero, espantosa y maravillosa, con calles carentes de orden y de sentido.

En todos lados existían trampas, ratoneras, agujeros negros, relaciones combinadas con relaciones que en su raíz guardaban altos grados de manipulación, parecía el principio de un abominable final. Las ciudades se convirtieron en una locura; y a pesar de esto Mem observaba como la gente se movía con una comodidad mecánica, con lejanía de sí mismos reflejada en su mirada, parecía no preocuparles que las calles fueran incomprensibles.

Mem no sabía si él estaba loco, o la gente era quien lo estaba, no sabía si tenía que aprender todas las reglas de esa “urbanidad” descompuesta y podrida que desintegraba la capacidad de pensar, de hablar, de amar, es decir, de vivir sin la necesidad de rasgar el alma y el espíritu humano.

Trataba de identificar que había detrás de esa coraza compuesta de envidia, coraje, furia, del desamor convertido en lengua de serpiente; trataba de descubrir la esencia de la humanidad. No daba una explicación, noche tras noche intentaba cambiar su piel para no sentirse infectado del virus social. Caminaba dentro de sus pensamientos uno tras otro, uno tras otro, cada noche, cada día, cada latido de corazones abatidos y humillados entre ellos mismos.

En una noche intensa, alejado de la agonía y de la asfixia que inundaba su cuerpo, en el momento en que sintió ladrar su alma, ante sus ojos, como un espejismo se fue dibujando una silueta enorme, dudo en seguir su camino; sin embargo, supero el miedo que por un instante lo atrapó. No sabía lo que encontraría, ante su asombro cuatro enormes y brillantes ojos salieron a su paso, aún a esa distancia pudo percatarse de ello, no es una ilusión; sin duda son ojos.

Conforme se acercaba, tomaba forma esa figura, pero aún no podía reconocerla del todo; pero lo que más llamaba la atención de Mem, eran esos enigmáticos e hipnóticos ojos, que en su fondo parecían guardar parte del universo. Por fin pudo ver, que se trataba de una rana gigante, con caparazón de tortuga, legendaria y antiquísima como la vida misma.

¡Soy Kano! Finalmente se escuchó –y soy el universo, y en este instante comes de mis ojos, en el instante mismo en que el mundo termina, donde tu memoria se agotó en tierra de espejismos y donde el hombre besó nuevamente la sedición, viviendo la falsedad de la gente en continua agonía-.

– Ahora violentos sueños intravenosos recorren la historia de tu memoria.

– Viajeros somos, de extraños sentimientos, de extraños cuerpos.

– Un beso de serpiente, de vida, de muerte, en este extraño camino de color callado.

– Vida y alma violenta junto al sol explosivo con memoria olvidada en tu camino.

– Viajeros somos, de extraños sentimientos, de extraños cuerpos.

– Una sangre descalza duerme en este reino, en este camino que lleva al olvido.

-¿Aún quieres seguir comiendo de mis ojos?

Kano impedía a Mem que siguiera con su camino, tenía la firmeza de ser escuchado y aceptado; quería vomitar el mensaje ancestral que cargaba consigo y lo tenía grabado en el caparazón de su cuerpo; en cada una de las líneas tenía parte de la historia humana, estaba grabado ahí. La vida misma estaba registrada en él.

Después de un intenso y prolongado silencio Mem dijo -¿Alguien sabe de tu existencia?- -¿Qué pretendes de mí?-

Kano respondió –Así como en tu alma hay otras almas que concentran su fuerza y tienen su morada en el interior de la tierra. Tú eres uno de esos hombres que no están acabados, te encuentras al borde de una gran mutación, que te dará los poderes que los antiguos atribuían a los Dioses. Eres, al lado de otros y muy pocos hombres, allende las fronteras del tiempo y del espacio, parte de mí Vía Láctea.-

Mem observaba las facciones de Kano, se encontraba atento, lo habían atrapado esa expresión de soberana bondad y sabiduría, de ese rostro saltaban a los ojos de Mem, una armonía en todo su ser que guardaban un equilibrio de reposo y paz.

Mem cuestionó -¿Qué significan en ti esos cuatro ojos y por qué tienes uno sin abrir?

A lo cual Kano respondió –Toda la historia de este globo, encuentra su explicación en la sucesión de lunas en el cielo, cuando cae una luna, ya ha estallado antes y girando cada vez más aprisa, se transforma en un anillo de rocas, de hielo y de gases. Las lunas sucesivas permiten imaginar las transformaciones sufridas en el pasado por las formas vivas, así como prever las transformaciones venideras. Tú estás girando en mi cuarta luna y quiero que seas la quinta y nombrarte como a las anteriores Luna Mar, Luna Ju-Car, Luna Andre, Luna Al y si lo aceptas serás Luna Gui-Cam, serías mi quinta luna en el movimiento de los milenios, de este breve lapso por la tierra. Y así debemos en nuestra alma individual, como en el alma colectiva repetir las ascensiones pasadas y preparar los Apocalipsis y las elevaciones futuras; serás testigo de la lucha entre el hielo y el fuego, repulsión y atracción, luchan eternamente en el universo, ¡Mí Universo! Esta lucha determina la vida, la muerte y el renacimiento perpetuo del cosmos, la eterna guerra en el cielo, cuya ley es la que rige a los planetas, rige también la tierra junto con su materia viva, y sobre todo, determina la historia de la humanidad; ya que en el plano de los espíritus y de los corazones se ve eternamente obligada a elegir entre el diluvio y la epopeya. La tierra, al igual que una serpiente gasta sus vestiduras rotas del invierno.

Ahora Kano es quien preguntaba -¿Deben seguir el odio y la muerte? ¿La humanidad debe seguir desollándose y masticándose sus vidas, aun tratándose de inocentes, para convertirlos en cuerpos perdidos en su propia existencia? ¿Esto debe reposar o morir al fin?

Mem siempre considero la posibilidad de que algún día, las cosas serían diferentes, se encontraba hastiado de lo vivido, lo visto, lo que él mismo experimentó y que se encontraba tatuado en todo su cuerpo, como una infección letal que lo impulsaba a rasgarse su propia piel, para con ello liberar el espíritu y lo que aún quedara de su alma. Estaba convencido que la vida y sus personajes no habían mutado, se encontraban los monstruos humanos bajo mascaras que escupían engaño, incluso, hacia ellos mismos. Había llegado el momento, el renacimiento asomaba ya su sombra.

Con sus ojos cerrados, con el leve miedo que nunca lo dejo desde el encuentro con Kano, con la angustia recorriendo la sangre, y el olor a rabia de su sudor, sabía que algo tenía que suceder.

Parado firmemente Mem dijo –¡Kano estoy contigo!-, en ese momento sintió como una piel húmeda y viscosa lo envolvía en todo su cuerpo y poco a poco lo fue introduciendo en su universo, donde en estos momentos Mem gira en un eterno e infinito espacio esperando la hora de integrar ese quinto ojo, esa quinta luna, esa quinta vida.

Apoyado en sus cuatro patas Kano dio un enorme salto y cayendo sobre la parte más alta del planeta se impulsó para volver a brincar e integrarse a la rotación de los planetas, al origen mismo de las galaxias, de las materias vivas. Mem se encuentra en un proceso de gestación al interior de los milenios encarnados por esa rana; rotan, giran, se pierden recorriendo los mundos, como un cometa con vida propia.

No fue un sueño, ya que las obras de imaginación que son el producto de un espíritu que busca las verdades eternas, tiene la posibilidad de ser y convertirse en obras reales y realmente útiles, y lo digo, porque yo lo vi partir a esa aventura y tan sólo soy un pedazo de su recuerdo arraigado en el fondo de la tierra.

Letal

 

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“Momento Justo” por Sir Lav Radosan

Una habitación blanca y cálida. Las ventanas cubiertas de cortinas semitransparentes, que dejaban ver con la luz de la luna una amplia terraza. Cama de sábanas blancas con rojo, de satín y seda. Las velas que iluminaban el lugar daban un calor muy especial. Poco a poco se hacía sentir el aroma a jazmín que desprendían un par de inciensos.

Fotografía de Waclaw Wantuch

Fotografía de Waclaw Wantuch

Primero escuche a lo lejos el taconeo de sus pasos, hasta que llegaron a la chapa de la puerta. Cuando dio los primeros pasos en el lugar, nada dejaba duda que había quedado fascinada. Recorría el lugar con movimientos oculares lentos y en distintas direcciones.

En ese momento dejo caer su bolso al piso. Se quitó las zapatillas con dos movimientos. Lentamente se desabrocho los botones de la blusa. Se soltó su larga cabellera que cubrieron sus pechos ya desnudos. La falda se deslizo sobre sus caderas y piernas, perfectamente torneadas; que dejo ver su ropa interior enmarcada en un liguero negro.

Al fondo escuche el descorche de una botella, que dejaba caer parte de su contenido al piso. Las burbujas en las copas estuvieron presentes al inicio de los besos. Dos cuerpos desnudos se acariciaban y fusionaban. Por momentos con delicadeza otros con pasión desenfrenada. Las caricias con los labios recorrieron todos los rincones de su cuerpo. Hadeos y gemidos se impregnaban con gran fuerza en las paredes del lugar. Olas que vienen y van. Sudores en el cuerpo que se secan al rozar las sabanas.

Dos cuerpos sentados y entrelazados el uno frente del otro. La música no dejaba escuchar los susurros de amor que seguramente se decían. De repente una salto encima de la otra y empezaron a tener lo que le podría llamar sexo duro. Parecía que no se querían soltar las manos y que ganaría quien estuviera encima por más tiempo. Una logro zafarse y con un rápido movimiento tomo una lámpara del buró. Con un golpe certero le abrió el cráneo, que dejo ver inmediatamente su masa encefálica. El cuerpo perdió toda rigidez. Ella siguió golpeando, después del golpe treinta, deje de contarlos.

Ya no se escuchaba la música y el ambiente olía a sangre. El cuerpo como un títere termino a tres metros de la cama. La espesa sangre se adueñó de la habitación, hasta goteaba del techo.

Nunca había visto una mujer vestirse tan rápido. Tomo todas sus cosas y se marchó. Sello su salida con un fuerte portazo. Su caminar fue tranquilo y certero. Escuche que cerró la puerta de un vehículo y se marchó. Inmediatamente salí de mi escondite y corrí.

Sir Lav Radosan

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“La estética de la simulación” por Edgar Khonde

alcoholimetroMientras el operativo del alcoholímetro azuza en las avenidas el alumbrado público para detener a los desprevenidos conductores que jugándose la suerte decidieron ponerse al volante con más de tres whiskys encima, nadie repara en el número 22 de una calle de una colonia que se encuentra en el centro sur de la ciudad. Como monos tipeadores, o esclavos que manufacturan e hilan palabra por palabra artilugios llamados luego textos, un grupo de ghost writers escribe sin parar cuartillas para las más variadas necesidades: ensayos, manuales de operación, discursos políticos, esquemas de qué hacer en caso de algo, poemarios, eslóganes publicitarios, cartas de amor, tesis para doctorarse, autobiografías, etc.

 Si usted piensa que la novela que tiene en su mesa de noche fue escrita íntegramente por su escritor favorito, tendría que comenzar a imaginar el cómo lo logró el insigne letrado.

mano escribiendo El escritor negro, o sombra o ghost writer, es aquel obrero de la escritura que escribe para otros escritores y que escribe textos de todo tipo, formato, género, generalmente alquilado por horas o cuartillas y prácticamente invisible e inexistente para el común de la gente. Muchas de las tesis para licenciarse, obtener el grado de maestro o doctor, fueron escritas por un sujeto que jamás va a poner en práctica lo que está vertido en sus páginas y que no pasó ni una sola hora dentro del aula de una facultad; un sujeto que adquirió los conocimientos necesarios para plantear un problema y desarrollarlo, a través de internet, bibliotecas físicas y digitales, y que seguramente tuvo solo un par de meses para entregarle el trabajo al futuro profesionista.

 Hay sitios en internet donde se pueden contratar los servicios de un negro, sitios que advierten absoluta seriedad y discreción, y que al cliente lo hacen sentir como si estuviera contratando un detective privado o un matón a sueldo. Escritores de renombre tienen sus negros particulares; gente que trabaja bajo un horario y con un perfil similar al de cualquier oficinista. Hay negros que han ganado premios literarios contratados por escritores noveles que ascienden los escalones de la burocracia literaria a costa de las horas nalga de sus sombras.

 Al menos en el terreno de la literatura lo importante es simular que se es capaz de escribir aunque no sea cierto, para escribir están los despachos casi clandestinos de escritores negros.

 La características más importantes de un negro, esto solo lo estoy suponiendo, es la nula aspiración al reconocimiento, o el desinterés en el mismo; una capacidad animal para escribir, escribir como si se respirara, además de una destreza variopinta para desenvolverse con diferentes estilos que cubran todas las necesidades del mercado.

 El trabajo de un negro es regularmente mal pagado si se atiende a la subcontratación por empresas editoriales, agencias de publicidad, instituciones educativas. Pero resulta rentable cuando se goza de prestigio y recomendación por anteriores clientes, o empleadores. No hay un tabulador fijo entre los negros, el precio depende de lo que se solicite, y la calidad requerida.

 Si usted le rinde culto a la personalidad de algún escritor reconocido, será mejor que ponga en duda todas sus líneas, sobre todo si el escritor ha sido acogido por la burocracia de una institución.

 En las clases de historia, no sé si en la primaria sigan dando la asignatura, me acuerdo que la maestra explicaba cómo Tlacaélel había ordenado quemar los registros mexicas, y luego había ordenado reescribir la historia. Así surgió lo del águila y el nopal y la serpiente y el pueblo elegido y guerrero. Este hecho de desaparecer algo y luego reinventarlo no es particular de la cultura azteca, en una breve revisión de la historia podríamos encontrar repeticiones contantes del método. La cosa es que la existencia de estos escritores anónimos es mucho más relevante y útil que escribir para que otro gane un premio. Y no existe me parece un párrafo histórico, historiográfico, literario, que trate de exponer porqué debe de existir un escritor negro, o de qué tamaño ha sido su función dentro de la historia de la literatura y la historia general de los pueblos.

Edgar Khonde

 @edgarkhonde

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