Girar alrededor de los libros por Edgar Khonde

Puerta-pasilloTe ha pasado que metes la llave a la chapa de la puerta de tu departamento, pero la llave no cede sino hasta la mitad de la cerradura. Luego de minutos te das por vencido. Entonces miras el número. No es tu número, tampoco es el quinto piso: estás en el tercero. Abre tu vecina, la hipotética vecina. No te suena familiar, y para ella eres el más desconocido de los desconocidos. Tú vistes pijama y por eso te cree cuando le dices que de ninguna manera eres un ladrón, los ladrones no van de pijama, y que solo te equivocaste de departamento y de piso. Un rayo le cruza la memoria y recuerda algo: te saludó hace dos semanas, cuando a medianoche salió a pasear a su perro, pero, tú entraste al edificio de junto. Tú lo recuerdas, claro, odiaste a su perro desde la primera, y única, vez que lo viste. Lo odiaste porque te recordaba al perro de una ex novia, mejor dicho, lo odiaste porque ella te recordó a una ex novia cuando te la encontraste de frente e imaginaste que la habrías besado de ser ella, tu ex novia. Le dices que, claro, que lo recuerdas, que te cayó bien su perro. Sonríes. Entonces ella te pregunta que si estás bien. Tú respondes que por qué pregunta eso. Y ella aguantándose la risa, no tiene más que decir que te equivocaste de departamento, de piso y de edificio. Tú no dejas la sonrisa idiota. Claro, a esas alturas piensas que también te equivocaste de vida.

 Pero la historia era otra.

Libros y libros Hace un par de meses, Sebastián, me encargó tres cajas de libros, ante su inminente mudanza. Desde ese tiempo para acá, he leído fragmentos de ellos, no he llegado al final de ninguno. Sebastián, está de más decirlo, es un bibliófilo con tintes de alcohólico. Consume libros como si se tratara de acabar con la cantina más grande de la Escandón. Hace un par de días, Sebastián, mandó a una amiga suya, para recoger las cajas. Cuando le ayudé a bajarlas, sentí como si me arrancaran pedazos de memoria. Me había encariñado con ellos. Yo no gozo de una eterna biblioteca, regularmente de vez en vez la renuevo, y regalo los libros que he leído, pero obviamente no podía hacer lo mismo con los libros de Sebastián; además, como lo dije antes, no había llegado al final de ninguno. La técnica que había implementado fue la siguiente: abría una caja sin mirar su interior, y al azar cogía uno. Leía tres, diez páginas también al azar y lo cambiaba de caja. A veces tenía la fortuna de encontrarme con un libro anterior, pero dada la lotería, no continuaba su lectura en la página donde me había quedado. De alguna forma estaba construyendo una novela. Una novela a la usanza de la escritura automática. Tal vez ustedes lo sepan mejor que yo, cuando dejas una lectura inconclusa, tu vida se retaza en incompletudes. Como un vestido que esta cosido con pedazos de distintas telas y colores, y que puede resultar gracioso, pero siempre siempre, será un hecho fallido. Porque la lectura, la literatura, se parece a eso: un revestimiento de la memoria.

libro-magico Yo no sé qué va a pasar ahora conmigo, que me he quedado suelto como hoja suelta en la enciclopedia de los lectores que no acabaron la novela. Soy una especie de Bartleby. Un drogadicto al que se le ha acabado la coca y no tiene manera de conseguir más. Puedo ir a una biblioteca, a una librería, comprar libros, pedir prestados, hasta poder reunir un contexto similar: cajas de libros para formar historias. Aunque hay algo que quizás no les debí de haber dicho al inicio de este texto. A lo mejor se lo imaginan. La cosa con los libros de Sebastián, el motivo de la seducción, es que esos más de trescientos libros eran robados. No todos al mismo tiempo, sino uno por uno. Les dije que Sebastián es un bibliófilo alcohólico. Un sibarita de la literatura. Como otros son sibaritas de la cocina, entre los que me cuento yo. Bueno, pues, esa es la cosa. El atractivo era que mi casa se había convertido de repente en la cueva de Alí Babá, y yo, y solo yo, tenía acceso a todos los tesoros del ladrón.

 Y a lo mejor por eso me he equivocado esta noche de departamento, de piso y de edificio. Porque ya no siento que mi casa sea mi casa.

 Edgar Khonde

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“El lector en la máquina del tiempo” por Edgar Khonde

La_lectora_muchos_libros by Miguel SampedroEn la novela El mago, de César Aira, el personaje principal goza de la cualidad de velar[1] y desvelar objetos a voluntad; característica intrínseca a cualquier mago, con la diferencia de que el mago de Aira es verdadero, es decir, no usa trucos en su magia.

Con la habilidad del mago, podríamos imaginarnos que casi cualquier cosa sería posible. Por ejemplo, hacer aparecer un libro de poemas o una novela. ¿Y no es eso lo que hace un escritor? Aunque no de forma instantánea, un libro que aparece en un anaquel es un acto de magia. El lector asiste como un espectador a un evento de prestidigitación cada que cruza las puertas de una biblioteca. No creo que un lector que ojea una novela conciba el espacio invertido para la escritura del libro que tiene en sus manos. Para el lector «tomar[2]» un libro se traduce como un verbo de logro[3].

tiempoEl tiempo de la lectura es diferente al tiempo de la realidad, se accede a una ilusión. Como el transcurso del tiempo dentro de los sueños, también el tiempo dentro de la lectura funciona de un modo distinto; no solo en lo cronometrado del ejercicio de leer sino en lo que se lee.

El lector cuenta con tres tiempos distintos cuando toma un libro -el tiempo es tridimensional- (ya solo por ese hecho podríamos pensar en el escritor como un mago): El tiempo en el que él se encuentra en reposo descifrando signos; el tiempo en el que suceden las cosas de lo leído, y; el tiempo real.

 El lector en reposo está representado en Back to the Future a través de Marty McFly dentro del DeLorean; la máquina del tiempo, el instante de la lectura, es el canal y lo que une a los otros dos tiempos. Cada que el lector sale de la lectura ha sido trasladado al futuro.

 El tiempo real transcurre independiente del lector y la lectura. El lector se incrusta a ese tiempo cuando interactúa con el otro. Y cuando interactúa envejece. Si pudiera quedarse siempre en la lectura no pasaría el tiempo a través de él, como en La invención de Morel; en donde el lector decide grabarse para siempre en el tiempo de la lectura.

 El tiempo de la lectura se rige bajo reglas distintas de la física convencional, principalmente porque se puede viajar al pasado, pero también porque es posible presenciar el trascurso de miles de años en una oración o un párrafo, por ejemplo, la elipsis temporal de la película 2001: una odisea del espacio[4], la elipsis más larga de la historia con cuatro millones de años: el hueso lanzado que se convierte en una nave espacial.

 El lector acude a la literatura sin percatarse de que se introduce en el tiempo y el espacio: se convierte en un viajero y un cosmonauta. Más allá del escritor, -el mago-, el lector es el actor que hace posible la literatura (como el espectador hace posible la magia, que no existiría sin él).

 La convergencia de la tridimensionalidad del tiempo con la bidimensionalidad del acto de leer, lector-escritor, explica un poco la ingeniería de la lectura como acción. La acción es el acecho sobre la máquina del tiempo: la literatura.

En libros como Siete pecados capitales y Pieza única, ambos de Milorad Pavic, el lector, de hecho, es el personaje que activa las tramas. Pavic construye su discurso con la presencia de quien lee. El escritor espera pacientemente a que Marty McFly encienda de DeLorean para regresar desde el futuro.

Con la literatura, el escritor construye artilugios para que la gente pueda viajar, -o los aparece o los inventa-, la gente puede decirle a esas cosas novelas, cuentos, poemas, películas. Yo les voy a decir libros o máquinas del tiempo.

 Edgar Khonde

Twitter: @edgarkhonde


[1]  En su forma transitiva velar significa cubrir, ocultar.

[2]  Aquí el significado de tomar implica asir su contenido.

[3]  Verbos de logro como: nacer, romper.

[4]  La literatura tiene distintos soportes, un libro, el cine.

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