El Espejo por Daniella Giacomán Vargas

PINTURA FIGURA FEMENINA (3)Fabiola aprendió rápido. Desde callar cuando él hablaba por teléfono con su esposa hasta no dejar rastros de sí misma al salir de su casa. Ocho años duró la historia de Fabiola y Ernesto. Ocho años de hacer un homenaje cada semana a Eros.

Fabiola tenía 26 años de edad cuando conoció por azares del destino a Ernesto, quien era mensajero. Ella era una delgada asistente ejecutiva en una firma ubicada en Portales, en la ciudad de México y él era un mensajero que de vez en cuando llevaba la correspondencia a la empresa donde ella laboraba.

Lo que no sabía Fabiola era que el mensajero acababa de contraer nupcias por segunda ocasión y siempre pensó que era un divorciado más en busca de la aventura. Después de todo, ella no tenía compromiso y “el que saldría perdiendo seria él”, se decía a sí misma. Ella era delgada, de estatura promedio y poseía una larga cabellera negra que pocas veces la amarraba. Ella se sabía atractiva.  Pero no sabía hasta qué punto.

reloj-10Los días 1 y 15 de cada mes eran el marco ideal para que se encontraran Fabiola y Ernesto, quien llegaba siempre a las diez de la mañana. Todos en la empresa sabían que él era el mensajero porque ya tenía años llevándoles la correspondencia. Era el único  que no portaba uniforme, únicamente su gafete de identificación, su gorra y su motocicleta, que en varias ocasiones, le quisieron robar pero nunca pudieron.  Fuera de eso, a él no le gustaban los formalismos, ni los uniformes, ni nada que le recordara que debía seguir una vida de un empleado o de un “Godinez”, por así decirlo.

El ritual de la correspondencia era el mismo. Llegaba Ernesto a la oficina, subía las escaleras con la correspondencia en mano y saludaba a Fabiola, quien estaba en el primer escritorio. Intercambiaban un “Buenos días”, “Gracias” y “De nada”. No había más. Había miradas que se cruzaban entre sí únicamente. Momentos después, ella entregaba los sobres a quienes correspondían y luego regresaba a sus labores.

Ernesto era un hombre maduro. Tenía 45 años de edad y su cabello, ya predominantemente cano, revelaba la experiencia. Era de estatura baja y su color de piel era como el bronce. Siempre portaba su chamarra, sus gafas oscuras, sus cigarros Raleigh y su encendedor verde limón. Era el de la suerte, decía.

 

II La primera salida.

 

En una fresca mañana de julio, Ernesto cambió el rumbo de su historia con la chica y optó por comenzar a hablarle a Fabiola. Se quedaría más tiempo para platicar con ella, para conocerla y por si quisiera, invitarla a salir. No fue difícil. Un lobo de mar no batalla. Ernesto encontró la manera de captar su atención. Era muy hábil para contar historias, lo cual auguraba que al menos su primera cita sería interesante. Después de varias semanas, Ernesto le pidió su número de teléfono a ella, quien se lo dio sin reparo alguno. Ella siempre se repetía a sí misma que estaba para que la invitaran, no para invitar, y mucho menos para pagar. Ella siempre se repetía a sí misma que estaba para que la invitaran, no para invitar a nadie más y mucho menos para pagar.

Comenzaron a salir y poco a poco se fue creando una relación. No era amistad puesto que siempre que salían, había una tensión sexual evidente. Una noche de otoño Ernesto la invitó a un bar. Pero para que no sospechara de sus intenciones, le dijo que llevara a una amiga y así fue. Fabiola llegó al bar con Esther, su mejor amiga.  La noche se sentía diferente.

 Two-cups-of-beer-in-barDespués de unas cervezas, se atrevieron a bailar. Rompieron la barrera de sus espacios personales y se abrazaron. La rockola tocaba una, dos, tres, cuatro canciones y ellos seguían abrazados. Estaban embebidos entre sí que ni siquiera se dieron cuenta de la hora.

Ernesto no dejaba de observar a Fabiola. Recorría su cabello, sus ojos, su boca, sus manos, su espalda, su trasero, sus piernas… Una y otra vez. Ambos salieron en la motocicleta del mensajero. En el bar se había quedado Esther.

Tardaron 15 minutos en llegar al mirador de la ciudad. Un cerro no muy grande que tenía una vista impresionante. Hacía frío pero no lo suficiente como para impedir que Ernesto y Fabiola disfrutaran de esa noche. Y ahí comenzó la historia. Primero se besaron tímidamente hasta que él la tomó de la cintura y la abrazó. Fabiola hizo lo suyo, rodeó con sus brazos el cuello de Ernesto y continuó.

MiradorNo se escuchaba nada más que los besos y a lo lejos, el murmullo de los carros. No había nadie más. El mensajero trató de desabotonar la blusa de la joven, a lo que ella se opuso. La noche era demasiado hermosa como para estropearla. Luego de 10 minutos de intentos fallidos, Ernesto la llevó de regreso a casa.

 

II Aprendiz

 

Cada fin de semana iban al mirador y repetían lo mismo. Hasta que un día, Fabiola se armó de valor y se propuso cautivarlo de tal manera que ya no dejara de pensar en ella. Aprendió a hacerle el sexo oral a pesar de nunca haberlo practicado, pues sabía que con eso lo mantendría cerca. A ella le gustaba ser vista por él; le gustaba sentirse deseada, le gustaba recordar lo que le decían cuando era más joven. Le decían que era una mujer muy sensual y que podía tener al hombre que quisiera a su lado.

Pero realmente aprendió con él. Supo como dosificar los tiempos y las ganas de ambos. Entendió que entre más lento es el juego, es más intenso. Supo que no debía de hablar mientras estaba con él, únicamente moverse, gemir y observarlo fijamente a los ojos. El mensajero ya la deseaba cada noche. Incluso, en ocasiones repetía su nombre mientras dormía. Su esposa lo escuchaba pero nunca le tomó importancia. O fingió demencia. Con el paso del tiempo, de las noches y de las citas, Fabiola aprendió a “calentar” a su amante con solo tocar sus brazos, sus manos o recorrer su espalda con la lengua. Entre más tiempo pasaba, él se volvía más loco por ella.

motelesTodos los moteles de la ciudad fueron recorridos.  Todos en absoluto. Navidades, 14 de febrero, Día de la Bandera y los cumpleaños eran celebrados entre sábanas y calor. Cada fecha era importante no por lo que se festejaba, sino por el festín carnal que armaban entre sí. Los silencios, las miradas, el vaivén de las manos y piernas eran la delicia.

Justo cuando Ernesto le confesó a Fabiola que tenía una esposa, llegó otro invitado a la fiesta. Se trataba de un nuevo lugar que se convertiría por los últimos cuatro años en testigo de su historia sexual. Era la casa de un pariente del mensajero que le había dejado a cuidar. Cuando Ernesto tuvo las llaves en sus manos sintió una alegría inmensa. Era como haberse sacado la lotería, pero para efectos prácticos, era como tener su propio departamento de soltero. Pero no sólo eso, Fabiola había estado ideando en mente otras técnicas de seducción y encontró en un espejo de la nueva casa, la oportunidad de llegar al orgasmo con su amante. El ritual era sencillo. Una vez estando adentro del sitio, al que entraban sigilosamente cuidando de no ser vistos y tratando de no arrepentirse, comenzaban los besos.

Encendían el ventilador, prendían la luz y se despojaban de sus ropas. El mensajero, con su cuerpo marcado por los años y la experiencia, palidecía cada vez que Fabiola quedaba desnuda. Su blanca piel, sus suaves senos y caderas afiladas eran su banquete visual, que debía ser devorado lo más pronto posible.

Lo primero que había que hacer era colocarse frente al espejo. Ella adelante y él atrás. Luego seguía el preámbulo. El manoseo, la pasión, el festín carnal.

 

III Adiós al espejo

 

Luego del ritual frente al espejo, llegaba el momento del acto, en donde ambos se unían en un solo respiro, gemido y orgasmo.

No importaba que a veces no funcionara el ventilador o que la cama se moviera de más. Lo único necesario era que Fabiola se dejara guiar por sus sentidos y actuara libremente. Sólo una vez Ernesto le hizo sexo oral a ella. Esa noche estaba muy borracho y no tuvo empacho en hacerlo. Fue la única vez, por lo que ella sabía que no duraría mucho tiempo con él, pues ocho años se había dedicado únicamente a darle placer a él. Pero él, era un poco egoísta.

mujer desnuda en la oscuridadY aunque sí llegaba al orgasmo y sentía placer, no era lo mismo, por lo que los demás encuentros se fueron apagando poco a poco. El final llegó cuando una tarde ya no estaba el espejo en su lugar. Alguien lo había quitado de su sitio y sólo quedaban pedazos en el piso. Se había roto así como su historia. El le prometió que conseguiría otro espejo o que irían a algún motel, que allí abundaban. Pero ella dijo que no. Se había perdido parte de la magia que evocaba ese misterioso objeto colocado a un lado del tocador. Ernesto insistía. Podía ser en el carro, en algún parque o en el motel. Pero ella ya no quiso.

Por primera vez se sentía segura de su decisión y comprendía que era el momento de decirle adiós a su mensajero. En ese encuentro, se vistió lentamente como si se despidiera a cada momento del lugar, se enjuagó la cara, la boca, se arregló el cabello, se colocó sus zapatillas y se fue. No hubo necesidad de decir nada, de forcejear, de gritarse o de insultarse por teléfono como en otras ocasiones. Fabiola era libre y ya no había más qué hacer.

 

Daniella Giacomán Vargas

 

 

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“Descubrir Los Diarios” por Edgar Khonde

Descubrir los diarios por Edgar Khonde

 

Admiración Aina era una mujer catalana que conocí en el centro de Coyoacán, después de una o dos semanas me percaté que recolectaba etiquetas de cerveza y hojas recogidas del piso que luego pegaba en un cuaderno. Junto a la página del cuaderno donde pegaba con pegamento líquido hojas y etiquetas registraba en medio párrafo alguna anécdota que acompañara al souvenir. He viajado poco, me refiero a que he viajado en la brevedad, no como Aina que llevaba un año fuera de Barcelona. Durante ese año Aina había recorrido parte de Sudamérica y México. Su cuaderno le servía para capturar detalles del viaje, no traía una cámara fotográfica encima ignoro porqué y no pregunté. En cambio su cuaderno hacia las veces de diario o bitácora de viaje; no en ese sentido estricto porque a veces anotaba palabras que le llamaban la atención, o escribía una reflexión así como versos y cuentos mínimos, o su estado de ánimo o la impresión que le había causado un suceso. Sus anotaciones poco describían su recorrido sino a través de sus emociones. Su bitácora de viaje era un sortilegio inasible y casi inmaterial.

 Compartí piso con Cris, una fotógrafa semiprofesional extrovertida y que gustaba de asistir a hacer sus ejercicios fotográficos a barrancas, cementerios de chatarra y colonias marginales ataviada por una diminuta falda y una cámara fotográfica más grande que su rostro. Ignoro todo lo que hay que ignorar de equipo fotográfico, así que cuando ella me explicaba emocionada del tema, yo asentía y sonreía creyendo librarme de cualquier polémica con mi simulación. Cris tenía un cuaderno forrado de negro sobre su cómoda que nunca se me había ocurrido cuestionar, es decir, para mí pasaba inadvertido. Alguna vez al entrar a su cuarto y tenderme en la cama junto a ella para platicar de cualquier cosa, lo tomé estirando mis manos mientras la escuchaba. Lo hojeé sin percatarme de su contenido. Cris no protestó la maniobra, me advirtió, ¿quieres leer lo que he escrito de ti? Coloqué el cuaderno en la cama, entre nosotros. Me incorporé levemente, y dije que sí. Me señaló el cuaderno negro. Lo tomé y se lo di, buscó una página y me lo regresó. Leí. Después leí otra página al azar. ¿Esto es un diario?, pregunté, me dijo que sí. Cris no anotaba en su diario su transcurrir dentro de los días y el tiempo, anotaba la gente que iba conociendo. Anotaba sus impresiones de la gente que se encontraba en su vida.

 Hernández Estrada señalaba con una raya hecha con un punzón, una navaja o las puntas de unas tijeras sobre una tabla que había recogido en la calle cada día que pasaba. Cuando juntaba cuatro rayas la quinta la marcaba con una diagonal. Era su manera de contar los días, me imaginé; la vida era su prisión. Cuando me animé a preguntar me lo aclaró, era su diario. Su respuesta estaba formulada supongo que a modo de acertijo o de enigma, o era demasiado literal: estaba contando su vida.

 El más convencional acaso fue, es, Francisco Cienfuegos. Recurrentemente nos encontrábamos en la puerta de la oficina de correos. Él entraba o salía, yo pasaba por la acera apresurado. Supuse que iba al correo a recoger algún envío, me imaginé que trabajaba en alguna oficina que gestionaba algún asunto relacionado con los migrantes, no sé por qué pensé eso. Yo lo saludaba porque lo había conocido en el museo durante una muestra de la obra de Mathias Goeritz. Le pregunté un viernes que hacía ahí, en la oficina postal y me contestó que había ido a llevar una carta. Al día siguiente por la mañana lo encontré en el mesón desayunando, me senté en su mesa. Francisco escribía tres veces por semana una carta contándole su vida a una mujer llamada Alicia. No indagué quién era Alicia, porque lo que a mí me sedujo fue el hecho de entender en el acto que Francisco llevaba un diario epistolar. Se lo hice notar, él se sorprendió porque no se le había ocurrido pensar en ello.

 De seis meses a la fecha, llevo un registro de mis sueños. Tengo una libreta de papel piedra, un papel hecho a base de minerales y que es impermeable. Mi diario es una bitácora de sueños. Por supuesto la mayoría de las veces no recuerdo mis sueños y ni siquiera estoy seguro que una persona sueñe todos los días. Pero cuando despierto y recuerdo el sueño, lo anoto. No para buscar interpretar el acto onírico, sino para ejercer una literatura de los sueños, como recurso o como género, porque a algunos de esos sueños los he convertido en cuentos, en reseñas, en fragmentos de novelas, o en opiniones sobre lo cotidiano.

 Hay un diario todavía más sorprendente y anómalo que las formas que he exhibido aquí, ese diario es la memoria. Un recuerdo es un fragmento de un texto de la historia individual y colectiva del sujeto. La memoria es ese diario que como fisgón abrimos para echarle una ojeada. Como en cualquier diario, no anotamos todo. Y como cada uno de los diarios que he descubierto, registrados bajo diversos criterios y formas, nuestras memorias-diario son anómalos para el otro y al mismo tiempo pertenecen al mundo de la literatura fantástica.

Edgar khonde

@edgarkhonde

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